Creo que se afina en soledad, pero que nada mejor que tener un garaje donde probar buenos ruidos con amigos. En el taller de Santiago Llach yo encontré a mi banda, a grandes amigos. Eso ya debería ser razón suficiente para recomendarlo. Pero, además, ahí encontré la libertad que propician los buenos maestros. Santiago es un buen maestro porque es un gran poeta: ama a las palabras, está obsesionado con su música y

con las ideas de la música. En su taller aprendí a leer a mis compañeros y aprendí que para escribir como yo quiero tengo que escribir como yo. Y que tengo que leer mucho a las, y los, escritores que me hubiera gustado ser. Santiago es el buda de la capital. Tiene inteligencia, paciencia y locura, y te ayuda a despertar tu voz. En otro país ya tendría un

método y una maestría con su nombre. Es un secreto popular y por eso, para mí, es la gran bestia pop de la literatura porteña. Recomiendo a cualquier personas que esté escribiendo que asista a sus talleres, no solo son una experiencia literaria, son una experiencia amistosa de alta intensidad.

 

Magalí Etchebarne. Publicó Los mejores días (Tenemos las máquinas, 2017)

 

El miércoles 4/02/2015 a las 19 llegué a Talcahuano con un pedazo de queso Danbo que compré en el chino de la cuadra, mi ansiedad de principiante y nueve copias de un texto de tres carillas. Había elegido la ultima de las consignas y escribí sobre el verano de mi primer año de vida, en el que mi viejo se fue a Cuba para prepararse para la lucha revolucionaria. Con esa capacidad para encontrar el delicado equilibrio entre ser condescendiente o demoledor, Santiago escuchó mi texto, me marcó defectos -las palabras solemnes, los vicios para escribir “literatura”-, y me alentó a seguir por ahí: mi familia, Montoneros, las marcas generacionales de los que rondamos los 50. Ahí estaba mi escritura.   

Las noches de los miércoles se sucedieron y los textos provenientes de la caja Topper se multiplicaron. Santiago no fue mi único guía y acompañante; mis compañeros de taller, creativos y sensibles, fueron parte de ese proceso potente y sin rumbo que terminó en este libro. En estos días La caja Topper comienza a distribuirse en las librerías y tengo los nervios de punta. Pero como me dijo Santiago ese verano, el debut siempre es un momento difícil, pero cientos lo han atravesado sin consecuencias negativas.

 

Nicolás Gadano. Publicó La caja Topper (Seix Barral, 2019)

Hice taller de obra en lo de Santiago. Cada uno tenía su proyecto de libro. Novelas, crónicas, biografías, literatura del yo y súper ficción, como era en mi caso. Los movimientos centrípeto y centrífugo que necesitaba mi primera novela pude efectuarlos allí. Es decir, el cierre de mi libro con la constatación de tener las ideas, de escribir en un remolino prolijo y de reverberar en las críticas emocionales (y para nada emocionales) de los otros, por un lado; y el despliegue de publicación, que finalmente fue el despliegue de mi tono, por no decir locura, con el guiño de un maestro del tono, por no decir escultor de la locura. 

Es que la primera ilusión de publicación que me hizo terminar la novela me la dio Santiago Llach. Por supuesto que nos reíamos mucho. De sus talleres salís usando con precisión quirúrgica de un súper misil el punto y coma. Yo te lo recomiendo.

 

Ángeles Salvador. Publicó El papel preponderante del oxígeno (Reservoir Books, 2017)

 

Fui durante buena parte de mi vida a talleres. Considero que tanto dar como tomar talleres enriquece la propia escritura como la de los demás. Particularmente, en el de Santiago Llach, en el que estuve durante cuatro años, fui hacia el lugar que quise, y al que pude, con mi escritura. Aprendí a orientarme emocionalmente y a corregir. Me despojé de elementos de los que necesitaba despojarme e incorporé otros que conocí ahí. En cuatro años, trabajé y le di forma a Tarda en apagarse, el libro que publiqué en 2017. Santiago fue la primera persona a la que le creí la afirmación "tenés que publicar" y, con mis tiempos y mis procesos, lo terminé haciendo.

 

Silvina Giaganti. Publicó Tarda en apagarse (Caleta Olivia, 2017)

 

Santi me ayudó a animarme a descubrir qué quería contar y cómo quería contarlo. Me enseñó que todos tenemos algo para decir; que la literatura es una manera de vivir y no algo exclusivo para pocos. En su taller encontré un espacio de aprendizaje y de intercambio desde la construcción y el respeto.

 

Julia Moret. Publicó La música que llevamos adentro (Paidós, 2017)

 

El taller te hace perderle el miedo a escribir, te enseña a leer e introduce la mesa de trucos disponible para convertirte en autor. Pero lo más importante: pone a prueba tu espíritu. Para Santiago la literatura no es verdadera si el autor no se abre a los demás y ofrece todo lo que tiene. Técnica, inteligencia y sensibilidad. Eso se trabaja a fondo en los talleres de Llach.

 

Pablo Ottonello. Publicó Quiero ser artista (Tenemos las máquinas, 2015), El verano de los peces muertos (Marciana, 2017) y Veteranos de la guerra del día (Entropía, 2018)

 

El taller de Santiago me salvó la vida. Yo estaba muy triste, sin

trabajo, sin amor y sin casa, y ahí no solo me hice de unos amigos

entrañables, sino que descubrí una nueva vocación, la de editar

libros, y compartí los primeros textos de La lengua alemana, cuando no

sabía que de repente, algún día, todos juntos, se iban a convertir en una novela.

 

 Julieta Mortati. Publicó La lengua alemana (Emecé/Notanpuan, 2018) y es fundadora y editora de Tenemos las máquinas. 

Participé de los talleres entre 2011 y 2013; fue una experiencia mu positiva en varios niveles. Por un lado pude encontrar un ámbito para desarrollar ideas de ficción y obligarme a producir algo todas las semanas y de esa forma completar un proyecto por el placer de hacerlo. Por el otro, mejoró mi propio estilo al momento de preparar mi primer libro. Todo esto acompañado de una experiencia social única, rodeado de gente altamente creativa y estimulante.

 

Ezequiel Baum. Publicó Ordená tu economía (Aguilar, 2016)

 

En el taller de Santiago escuché por primera vez la frase "show, don't tell", eso que dicen los americanos pero que a mí me mostraron en la calle Talcahuano. Fue uno de los tantos conceptos que me ayudaron a escribir y a entender mejor la literatura. Y además, gracias a sus talleres, conocí a Dios, que es mujer y se llama Lorrie Moore.

 

Adriana Riva. Publicó Angst (Tenemos las máquinas, 2017)

 

Para mí el taller de Santiago fue una experiencia formativa en más de un sentido. Aprendí a corregir mis propios textos, a trabajar mi estilo y descubrí cuáles son mis temas, cuál es el universo íntimo con el que cuento para escribir. Con ese aprendizaje ya habría estado bien, pero el taller fue mucho más. También transformó mi vida como lectora, como periodista y, a riesgo de que suene a mucho, mi manera de mirar. Con eso también ya habría sido más que suficiente pero me dio incluso algo más: un espacio de pertenencia, amigos, un lugar donde sentirme bien.

 

Lucila Pinto. Periodista.

 

Fui al taller creyendo que había que saber escribir y con muchas pretensiones. Me ayudó a soltar cualquier idea de cómo tenía que ser la escritura (y yo mismo) y a encontrar la manera de contar algo de la forma más genuina posible. Escribir tiene mucho de laburo de observación y de atención que indudablemente impacta en tus textos pero mayormente sigue haciéndolo con el mismo tiempo en vos mismo. 

 

Tomás de Vedia. Publicó El ragbier poeta (Garrincha, 2010)

 

En el taller de Santiago la pasé súper bien y súper mal. Las veces que la pasé súper mal fue casi siempre por lo mismo: Santiago lee demasiado bien, te descubre los trucos. Yo no estaba acostumbrada a eso, a alguien que, con mucho respeto pero con sinceridad, no se dejaba impresionar por mi monerías. Otras veces me peleaba y pensaba que él estaba equivocado. Quizás efectivamente en algunos casos fue así pero no es lo que importa. Lo que importa es que siempre, todas las veces, me fui con más ganas de escribir de las que tenía al llegar: para mostrarle lo que podía hacer, para mostrarle que había entendido, pero finalmente para mí. Esa es su magia, su don, su oficio. Su misión en el mundo.

 

Tamara Tenenbaum. Publicó Reconocimiento de terreno (Pánico el pánico, 2017), El fin del amor (Ariel, 2019) y es una de las editoras de Rosa Iceberg.

 

Llach es un amigo. Por esa razón dejé de asistir a su taller. Pagaba (aunque a veces se negaba) para ver a un amigo.

Siempre está ocupado trabajando y leyendo a sus asistentes.

En sus talleres desinteresadamente Santiago me dio el lugar, el espacio para escribir. Nunca me dijo qué hacer.

En vez de eso, me guió, motivándome a creer y confiar en saber hacia dónde podía ir, experimentando siempre en esa cosa movida  e impredecible del océano literario.

Él es y seguirá siendo siempre el gran capitán.

Para escribir bien o mal necesitás alguien que crea en vos. Llach cree en todos, esa es su técnica, su táctica de equipo. Tiene algo de Menotti y Leo Beenhakker. 

Hay que tener el temple, bondad y tolerancia para coordinar tantos grupos, tantas mentes, tantas almas perturbadas que en el fondo desean expresarse como tusitalas, alrededor del fuego, o en textos escritos sobre teclas a máquina, en palabras. 

A veces creo que no duerme.

 

Martín Wilson. Publicó El que no salta es un inglés (Tenemos las máquinas, 2012) y Qué paja ir al centro (Notanpüan, 2014)

Mi primer libro de poesía, El Gauchito Hit, un compilado de poesía gaucha del Siglo XXI que escribí durante cinco años al mando de una empresa agropecuaria. Este libro es el hijo del método Llach, el cual a esta altura debería ser marca registrada, que consiste en leer en voz alta tus textos y ser criticado. Es un tipo de terapia grupal, la misma que usan los grupos CREA en el campo para levantar sus rindes de soja o los talleres teatrales para forjar futuras estrellas de cine.
Soy fiel suscriptor a la idea de que un conjunto de seres humanos trabajando son más que la sumatoria de las partes, como las bandas de rock que fueron más que sus solistas. Un taller de escritura es un espacio de creación colectiva como lo es la sala de ensayo para el rock: indispensable y más productivo que hacerlo en soledad. 

En el taller de Santiago pude encontrar mi voz para poder exponerme y verme al espejo a través de la mirada de mis compañeros, indispensables en todo el proceso.

Federico Stange. Publicó El gauchito hit (Metrópolis).