Una mujer posible, de Maraní González del Solar

 

 

La conexión existencial con las cosas del mundo

 

por Santiago Llach

 

 

 

Leído en la presentación de Una mujer posible, de Maraní González del Solar, el 14 de septiembre de 2019 en el MALBA.

 

 

 

 

Una mujer posible, de Maraní, es un libro de poemas sobre cómo contar lo inconfesable sin renunciar a la condición civil, sobre la claridad melancólica del presente y un pasado de turbulencias amortiguadas, sobre la madre y el padre, sobre una zona de la ciudad, sobre los rasgos de una clase desdibujada y sobre la certidumbre de los afectos. Es también un libro sobre el arte de cultivar las buenas formas y uno compuesto en familia (todos lo son, en alguna medida). Es, al fin, un documento sobre la conciencia de una vida vivida.

 

En el poema El 95, la poeta es una observadora participante en el colectivo, y ese es el puesto desde el que Maraní construye su poética. Hay en él un cuidado en la reinvención de la puesta en escena -escribir es también poner en escena, o convocar una puesta en escena.

 

El 95 es una especie de Bienvenidos al tren de Sui Generis, la convocatoria o el sueño a medias despierta de la vida como un viaje comunitario.

 

Los poemas de Maraní denotan una especie de humildad existencial para afrontar la rutina, acompañando a los otros, los transeúntes, los pasajeros.

 

En otro poema, El accidente, compara implícitamente la tarea de quien escribe con la de un perito que reconstruye los hechos, y esa es la tarea que emprende Maraní, la tarea de la posibilidad, de convocar a los hechos a través de la memoria buscando un orden, un patrón narrativo que, con sus resquicios y sus diferencias, fantasee con colocarnos afuera, como las víctimas del accidente, del camino y del dolor.

 

Maraní recurre suavemente a las metáforas básicas, esenciales, las doma con cariño, las restablece.

 

Su mirada intenta comprender los fenómenos del mundo sin juzgarlos, como en el poema en el que el héroe es un motochorro en quien ve las precariedades y las inseguridades, valga la redundancia implícita.

 

En Un sport descapotable, un poema como venido de la Europa mediterránea o de la era de Charly Menditeguy (ay, el dolor por las eras que se fueron), Maraní se apropia de un tópico constitutivo de la literatura, el del malentendido amoroso. Lo propio de la poeta es la disyunción, la escisión: vive para contarlo, a mitad de camino entre la tierra y las nubes, y sacrifica porciones de vida contra la extraña ilusión de la maquinaria alfabética.

 

Los deseos son imaginarios, y Maraní inventa destinos de vecinos, de amantes, de ancestros: esta mujer que contempla es una lectora, encuentra en las tramas de los otros su propia identidad: la literatura suele ser una búsqueda tardía de las claves de aquello que somos.

 

Si este libro se hubiese publicado hace unas décadas quizás hubiera titulado Morirse de melancolía, pero hoy nos consolamos con otros clichés. Quien escribe suele recostarse sobre el sentimiento de lo que falta.

 

Este libro es un libro de murmullos, el de una mujer que no levanta la voz, que confía en la amabilidad, aún cuando conoce su precio.

 

“No sólo es sensación también es dato” es un poema que en veintidós versos repone la extrañeza de estar en el mundo, las paradojas del yo y de la conciencia, del lenguaje, los sentidos y el sentido. La vida, parece decirnos Maraní, es el ejercicio constante de trazar mapas, y escribir es un ejemplo paradigmático de ese ejercicio demasiado humano de adquisición de la conciencia sobre las cosas.

 

Escribir (como en el poema “La tarde me ha dejado demasiado sola”) es en alguna medida no escribir, la tarea de quien escribe se enfrenta todo el tiempo al vacío, el sinsentido.

 

El poema “El living” conmueve contando apenas una escena mínima, sin referirse a ningún sentimiento: dos mujeres toman vino y hablan del amor, a una de ellas se le cae el vaso sobre la alfombra y se ríen, y eso es todo. Hay ahí una punta de la maestría narrativa de Maraní.

 

Esta maestría es la que le permite también hacer un uso súper elocuente de los signos de admiración en “La fiesta” o del corte de verso en “Navidad en casa”.

 

Creo que al libro le haría una sola objeción (defecto profesional): le sacaría el adjetivo “leve” al sustantivo “viento” en “Las cabezas pasan por la luna”. Hay cierta redundancia ahí, pero tambíen, es cierto, la postulación de una poética: la poesía de Maraní tiene la gracia de un viento leve, del que se abstiene de las exageraciones y los firuletes y dice con gracia, eficacia y respeto por todo aquello que la excede.

 

El soneto a un alcohólico querido debería incluirse en una antología de sonetos perfectos.

 

Este desfile de seres queridos que es el libro es también un homenaje al arte de la conversación, es decir, al arte de dejar que los otros completen el sentido, que es también el arte de esta poeta.

 

Maraní lee lo que pone una amiga en las redes sociales y lo convierte en poesía; su mirada sobre el mundo tiene la sabiduría de quien sabe privarse del énfasis innecesario. Esta sabiduría viene, quizás, como en el poema “Sé que tengo algo con la muerte”, de la falta.

 

En “Una mujer posible”, los cuatro versos finales resumen la felicidad y el drama de quien escribe:

 

 

 

Pero no escribo para impugnar mi patrimonio

 

ni mucho menos para imputar a mis padres

 

aunque muchas veces

 

las flores no tengan nada que ver con la primavera.

 

 

 

La tristeza y la alegría simultáneas que transmite la lectura del poema “Me convocaron a hablar de amor” son absolutos.

 

Leí la mayoría de estos poemas en el taller a lo largo de los años y me pasa al mismo tiempo que los reconozco y no los reconozco: hay en ellos la mirada personal sobre el mundo, la gracia, el desparpajo y el cuidado para elegir las palabras y la conexión existencial con las cosas del mundo de una verdadera poeta.

 

 

 

 

 

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