¿Será más sabio callar?

 

“Estoy arrepentido de haberle contado todo esto a tanta gente”, dice Holden Caulfield cuatro oraciones antes del final de The Catcher in the Rye. La novela --grito existencial que anuncia la invención de la juventud y la contracultura de los años sesenta-- es una odisea en la que el adolescente expulsado de un colegio de elite se pasea por Manhattan durante dos días y medio antes de tener una crisis psiquiátrica.

 

Holden lidia con la muerte, cuatro años antes, de su hermano Allie, y su monólogo entre alucinado y cómico es su vía dolorosa hacia las palabras que le permitan elaborar el trauma. En el cuarto de su colegio guarda el guante de béisbol izquierdo en el que Allie escribía poemas con una birome verde, para leerlos mientras esperaba a entrar en juego cuando jugaba como catcher. El guante se relaciona con la famosa escena posterior que le da título al libro, en la que Holden le dice a su hermana Phoebe que le gustaría ser un catcher en un campo de centeno lleno de chicos, y que él se ocuparía de que ninguno se cayera al precipicio cercano: el catcher como ser humano lleno de perturbación y rara empatía.

 

A mediados de los años sesenta, JD dejó de publicar y llevó durante casi medio siglo una vida de reclusión. El hombre que con su ficción autobiográfica expresó el desencanto con esos Estados Unidos en pleno desarrollo económico se sumergió en un silencio atormentado y espiritual. Había dejado a sus fantasmas, quizás, en el bosque de Hürtgen, donde participó en una de las batallas más feroces de la Segunda Guerra.

 

El de Salinger es un ejemplo extremo de lo que nos pasa a muchos que queremos escribir: tenemos el deseo expresar todo aquello que nos duele, que nos genera misterio, ¿pero a qué costo? Darle forma de ficción al material autobiográfico, ¿es un show narcisista? ¿Para escribir tenemos que atravesar el fuego? ¿Tenemos que ser un poco malditos, un poco traidores? ¿Para qué expulsar nuestras verdades ardientes? ¿Será más sabio callar?

 

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