Textos finalistas del Mundial de Escritura

Estos son los diez textos seleccionados. El mejor será elegido por Alejandro Zambra, Leila Guerriero y Luis Chaves, sumado al voto de ustedes. Pueden votar acá: Votación Textos

Aycila

Seudónimo: Leni

 

La pequeña araña que se coló por la ventana avanza hacia la lámpara en un ir y venir de patas traslúcidas. Indiferente a mi mirada, desliza sus babas invisibles entre la pantalla y las teclas de mi computadora, desafiando el gesto de las manos que se disponían a pulsarlas.

Sigo con los ojos sus tejes y manejes sin atreverme todavía a deshacer esas líneas casi imaginarias por las que ella deriva mientras mis labios reproducen el sonido bautismal con el que la nombro: Aycila. Es que, cuando éramos niñas, mis hermanas y yo decíamos secretamente: “Cuidado: la araña”, para nombrar la posesiva avaricia de nuestra hermana mayor que tenía el formidable nombre de Aycila. Un nombre sin género, poderoso, aunque encerrara una serie de gritos tenues: los ayes de Aycila.

Chicos y grandes se enredaban en su tejido: caían casi sin darse cuenta porque la baba era invisible y blanda, incluso mullida. Su gracia era inconmensurable: en los viajes en bus, movía sus dedos con agilidad y hacía caer los sombreros de los caballeros mientras miraba por la ventanilla. No podían retarla porque no la habían visto y porque a mi madre la ganaba la risa ante tanto ingenio. Cualquier desavenencia entre nosotras ocasionaba, en cambio, la intempestiva violencia paterna que la castigaba sin pruebas otorgándole, a Aycila, el lugar omnipresente de ser la causa final de su ira.

No digas que me viste, porque me van a pegar, nos decía Aycila, con los ojos suplicantes de empezar a llorar. Y nadie la delataba porque sabíamos que la ira de un hombre no debe caer sobre las picardías de una niña. Pobre Aycila, siempre maltratada por el cuerpo colérico de nuestro padre.

Al principio, las víctimas de los juegos de Aycila se restregaban los ojos y salían sonriendo de sus gracias, aunque quedaran convertidos en ciervos o estatuas de sal. A nuestra madre le encantaba el juego de las estatuas: hacía como que se quedaba rígida y Aycila la ataba de pies y manos con una venda, triunfante. Aycila protegía a sus ciervos. Decía protegerme. Y yo la amaba. Sabía ser generosa hasta endeudar por gratitud eterna a su presa, como un prestamista.

Mía es la vaca, mías son las terneras porque nacieron de las vacas y los toros míos. Y mi hermana, la que va a nacer, es mía, decía Aycila. Como tenía apenas unos cinco años, mi madre le decía siempre que sí. Así fue acumulando tesoros en su vasto imaginario con una suerte de legitimidad incuestionable: vacas, lápices, figuritas, hermanas, lo que hubiera.

Aycila supo adiestrarme, gracias a ella entré a primer grado sabiendo hacer cuentas y cuentos. La quiero, me quiso, me ayudó a crecer: unía las yemas de mis dedos y las golpeaba cada vez que yo no recordaba el número que le seguía al 10. Hoy te voy a contar cómo se fabrican los chicos. Y al momento de develar semejante secreto, se hacía compensar: conseguía cualquier cosa de mí. Sus filamentos largos, blancos, pegajosos volaban desde ella hasta nosotras: sucumbíamos en sus atrapasueños.

Nuestra abuela decía que ella y Aycila tenían la sangre del tirano. La amaba más que a nosotras porque también ella había sido castigada: “Mi pobre Aycila, la malquerida”. A diferencia de Aycila, la abuela regalaba sus cosas a futuro: su anillo, sus medallas, sus prendas serían para esta o aquella nieta. A veces volvía a repartir esas palabras entre cualquiera de las cinco. Poco después de su muerte, mi madre nos citó: “Ayúdenme con la herencia de la abuela, hay algo para cada quién, yo solo quiero el rosario que fue de Agustina Rosas”. Ese rosario es mío, dijo Aycila, me lo regaló antes de morir. Nosotras cuatro no pudimos tolerar que la desheredara y la hicimos retroceder: Acepto, pero cuando vos te mueras, va a ser para mí. Dejalo escrito. Aycila no era de tejer y destejer, solo tejía.

Al tiempo, nuestra madre pintó un cuadro tremendo: un túmulo con tres cruces, y se fue. Aycila se enfermó. Enferma como estaba tejió un capullo, encapsuló a nuestro padre, lo enemistó con sus hijas y lo despojó. De las cinco, fue la primera en irse. Desde entonces todas sentimos cómo tironea hacia ella la seda que nos viste.

Es que Aycila, la malquerida, había preguntado de niña cómo nació cada hermana y alguien respondió, riéndose estrepitosamente: vi una gacela y la acaricié: fue la hija menor; vi una flor y la corté: fue la cuarta en nacer; vi una luz y la atrapé: fue Clarisa, la tercera; vi un ángel y lo llamé: fue la segunda, Jael; vi una baba del diablo y me enredé: fue Aycila.

 

 

 

Budín

Seudónimo: Raquel

 

La parte de la lavandina la tengo bastante clara, las medidas y los usos. Mi mamá siempre limpiaba con lavandina, una costumbre que le quedó de su trabajo como enfermera; la limpieza extrema con ese olor horrible. Después prendo un sahumerio, me decía, y era doblemente peor, dos olores mezclados. Me encerraba en mi cuarto enojada con su obsesión y la insistencia en desinfectarlo todo. Ahora la pienso cada vez que tiro el chorrito de Ayudín en el agua.

En esta limpieza frenética a la que nos vimos forzados encontré algunas cosas, apuntes viejos, lapiceras sin tinta y una carta que me escribió cuando empecé la carrera. En una parte dice esto: hija te deseo una vocación plena y un camino de servicio, nos encontramos cuando damos con el corazón.

Después del entierro seguían llegando personas a su casa preguntando por ella. La vecina de la esquina fue una de las primeras; gitana de las que se casan jóvenes y usan polleras livianas y largas, vino un día a pedir limones: “Tu mamá me regalaba una bolsa por semana”. Después un tipo con trapos colgando: “Tu mamá me hacía barrer la vereda por 400 pesos”. A la semana otra vecina pero del barrio de al lado: “Tu mamá me estaba ayudando a sacar el documento”. Con mi hermano los llamamos los proyectos sociales de mamá. Tiempo después apareció Miriam, parece que mamá le estaba tejiendo una manta aunque nunca la encontramos.

Se recibió de asistente social pero ya trabajaba de antes. Nuestras peleas tenían que ver con eso; yo le decía mamá tenés que cuidarte más, no podés seguir trabajando tanto, hacé terapia. El año pasado me lo reconoció, yo no cuidé mi salud me dijo. Pero sí nos cuidó a todos.

Están convocando a ayudar, a recorrer la ciudad, a escuchar a los que están angustiados, son épocas de trinchera para la salud mental y quiero salir corriendo a hacer algo y pienso en ella que nunca dudaba, decía que sí. Estaba con el cuerpo y algo para dar, siempre tenía el baúl del auto con ropa o comida por si en alguna de sus visitas hacía falta y en el barrio era centro de consulta, conseguía turnos, medicaciones, trabajos, armaba redes, siempre disponible. 

Y yo acá dudando porque me da miedo. Ella no pensaba.

La recordaron en el hospital, en el diario y en el día de su muerte había personas que desconocíamos. Yo no sé dar con el corazón. 

Ahora todo tiene sabor a final, la última vez que nos abrazamos, el último día normal antes de todo. Estoy impactada y medio dormida por este dolor de cabeza del encierro que es casi una migraña pero ni siquiera lo que duele es algo definido, sabemos que nos incomoda en el cuerpo la regla del no salir pero la verdad que un poco es un alivio y otro poco una catástrofe, algo que nos une y nos separa, estamos entramados con el cuerpo y su posibilidad de enfermarse y al mismo tiempo hay un abismo en nuestras formas de salvación.

Pensé en mi mamá y toda esa sensación de no haberla podido ayudar; la medicina era territorio enemigo y mi abrazo jamás iba a ser suficiente y no estoy hablando solo del cuerpo enfermo porque tampoco la había podido ayudar con esa angustia que la invadía de antes que ella habitara un hospital por meses, un dolor que traía en su línea de tiempo antes de mí. Años dedicados a salir corriendo a ver si seguía en pie, si se estaba cuidando, si la magia no se apropiaba de todo el lado frágil de mi madre.

Son épocas de trinchera para la salud mental, videollamadas desde casas acuarentenadas, llamadas a escondidas en habitaciones buscando alivio o silencio, un rato para pensar a pesar de todo y seguimos apoyándonos en algo vital aunque sean nuestros mambos. Resistir la psicosis colectiva con la neurosis individual. Afuera quietud y adentro los fantasmas. Nuestras formas de salvación solo nos sirven a nosotros y quizás si tenemos un poco de suerte acompañamos al que está al lado por un rato, por quince días de tres mil caracteres, con una idea para salir del encierro, un budín casero o mil llamados de madrugada.

Antes de morir me dijo: “Hija, vos me hiciste muy feliz”. Fue la finalización de mi viaje, la última puerta de la liberación saber que no había sido en vano. 

Nunca pude con su pregunta de origen.

Nunca pude con su madre ausente.

Nunca pude con su espacio vacío.

Y pienso que nadie puede nada al final, ni con un virus ni con mil, ver doler y que duela porque a nadie se le ocurrió la solución a eso, porque ahí está nuestro abismo, lo que hacía cortocircuito entre nosotras. 

 

 

 

hoy te tengo cariño

Seudónimo: Jo March

 

hoy te tengo cariño ¿cómo puede ser que siento que me quedo sin contenido? a veces intento prestar atención a cómo empiezan las conversaciones. a cómo se sostienen. casi siempre lo pienso cuando no estoy teniendo una y estoy sola así que cuando efectivamente estoy en una me olvido de prestarle atención a eso. me pasa todo el tiempo. me pregunto cómo puede ser que mi relación con mis amigas sea una fuente inagotable de temas de conversación. muchas veces se repiten, sí. pero desde nuevas perspectivas, con algún matiz distinto, un poquito de cambio. quiero hacer pis pero mi mamá me asustó con una foto de bromatología en casa de una rata saliendo por el inodoro de una casa en el conurbano. no la ví pero me asusté igual. me desconcentró tu mensaje, por lo general cuando me hablás me desconcentro. a veces me da bronca que me hables y no te quedes. sé que es un poco demandante pero en el fondo soy esa niña que no quiere que su abuelo la deje de hamacar en la plaza. ¿por qué te frenaste bolo? en el fondo no tan fondo también me da miedo que me dejen. que se vayan. no necesito a nadie pero si venís está bueno que te quedes. me digo que no necesito a nadie pero a veces me dan ganas de que seamos novios. después me dan arcadas si lo pienso muy en serio. la llamé a ine por teléfono, necesitaba apoyo y compañía para mear después de las imágenes más que traumáticas que mi mamá me había instalado en la cabeza. valen sinota tiene feas manos y el pelo grasoso. qué problema el pelo de los varones. no me gusta cuando es lacio, menos lacio y largo. qué bien estuvo camilo esposito en pelarse. me gustan los rulos, el pelito de tirabuzón. me gustan tus rulos súper desarmados y oscuros, color galletita oreo. no me gusta cuando tenés muy rapado abajo y los rulos se concentran mucho arriba, como si tuvieses una tapa en la cabeza. parecés una palmera y me da vergüenza ajena. y propia también. lo que me incomoda no me deja tranquila. tuve que googlear la palabra vergüenza porque en la compu no se pone la diéresis y me molesta. ni bien puse la v google me mostró: “Vos me querés a mí?” el libro de romina paula. no me interesa pensar mucho más allá de mi búsqueda de vergüenza en éste momento. vos ahora te hacés el que le buscas significado a todo y me rompe mucho las tetas. lo respeto pero ine tiene razón, es muy segundo año hacerse el filosófico. hacerse la grande también es muy segundo año pero me molesta que me preguntes cosas cuando en realidad no te interesa la respuesta. al final meé y aparentemente no hubo ninguna rata. lo que sí pasó es que volqué una botella de agua casi entera en mi cama. puse a colgar las sábanas. me puteé y dije que me sentía la protagonista de the duff. hoy soñé con vos y estuvo bueno. pero también soñé con mi cumple y fue raro y feo. terminamos hablando de la vergüenza y me dijiste que estar cerca mío te da vergüenza, y que darme un beso también. me aclaraste que por vos, no por mí. a veces pienso en el cementerio de conceptos ideas y palabras que nunca aclaré y nunca fueron entendidas. también en las que nunca habré entendido yo ¿dónde queda todo eso? no aclares que oscurece, a veces. con ine dijimos que el verano pasando de 7mo grado a 1er año después del curso de ingreso al nacional es estar en todos los lugares y en ninguno. el descanso infinito con un hasta cuando. tener un pie en la niñez y otro en la entrada a la adultez. estar un poco en lo conocido asomando la cabeza a la incertidumbre total. como nuestra relación. un poco acá y un poco allá. 

en el sueño eras muy tierno y a mi no me gustaba que me vean con vos, me sentía expuesta y no entendía si querías estar conmigo para joder o en serio. la ternura siguió en la vida consciente porque hoy me mostraste una página de un chico que subió chats con su ex en estos tiempos de cuarentena. nos reímos y nos identificamos en muchas de las capturas. a veces no te soporto y desearía borrar todos mis recuerdos con vos como en eterno resplandor de una mente sin recuerdos, pero hoy te tengo mucho cariño. 

 

 

 

Ir a una fiesta 

Seudónimo: Paprika

 

Una fiesta en una casa que parece abandonada porque sacaron gran parte de los muebles. Los sillones y las mesas están afuera en una escenografía casi anacrónica; sillones de cuero bordó y mesas ratonas de vidrio apoyadas sobre las baldosas sucias del patio, que es sucio pero muy amplio y hermoso, como casi todo lo que tiene paredes pero carece de techo. Los vasos que sostienen las muñecas de los que estamos en la fiesta son de diferentes materiales y eso es un indicador de quién llegó en qué momento: los primeros en llegar tenemos vasos de vidrio y copas de cuello fino; los que llegaron segundos tienen vasos de plástico blanco y no tienen hielo; los últimos en llegar tienen vasos hechos de botellas recortadas o simplemente no tienen vasos y toman del pico como si no hubiera un mañana, ¡como si esta fuera una celebración del Fin Del Mundo! La imagen quieta y cool de aburrirse en una fiesta, aburrirse y sentarse en el sillón de cuero bordo que hace un sonido injusto e inoportuno pero que se pierde con los demás ruidos: tambores y platillos, una arenga como la de una tribu, pero una moderna; sus cantos viajan desde parlantes altos y negros. Y uno mira esa tribu y se siente como un pájaro, mirando a la gente que baila y baila y se droga y se droga y toma alcohol y se ríe y se ríe. Y se besan, todos se besan ¿pero quién besaría a un pájaro sentado en un sillón? En otro momento no fuiste un pájaro, eras ese que bailaba y hacía esas cosas en las que desemboca el baile: sonreír, codearte con desconocidos, ir a pedir canciones al DJ como si fuera el dios inmaculado de esta tribu. Un dios con cadenas de oro alrededor del cuello y cables cerca de sus piernas como un gran bosque de enredaderas. El dios-DJ viste una túnica negra hasta los pies, es el gurú tribal que todos admiramos; admiración en el sentido de que el lenguaje que él predica controla nuestros movimientos, los bajos y el ula-ula de la cintura, los agudos y las manos en el aire. Nosotros le ofrecemos nuestras plegarias a los gritos. La fiesta hace sonidos de animales; la fiesta es esa ceremonia inmemorial. Ahora bailamos música electrónica que son sonidos partidos a la mitad y ordenados en armonía progresiva pero en otro momento fuimos cuerpos desnudos alrededor de un fuego brillante y azulado, tambores agresivos y humildes. Y todos gritamos ¡gritamos como lobos! Les aullamos a lunas de plástico y nos bañamos en luces de colores horribles y pegajosos. Y nuestra ropa es horrible también pero para nosotros es la mejor del mundo. El humo nos entra en los ojos, es humo barato y gris, una serpiente de humo, pero esta serpiente no es venenosa, es tonta y amigable. Todos fumamos cigarrillos y nos hacemos amigos, sacamos la lengua como serpientes. Vemos a alguien atractivo pasar por ahí, lo seguimos con los ojos abiertos. De un momento a otro esta fiesta se transformó en un lugar lleno de gente atractiva y sexy. Y estar borracha es algo muy infantil, algo inevitable, algo clásico en el sentido de lleno de clase. Voy y le digo al atractivo: hola. Él me contesta con un gran beso en la boca. Todos los labios son ásperos y desprolijos, los suyos más todavía. Hay mucho movimiento, como si todos estuviésemos cruzando la calle al mismo tiempo en diferentes sentidos; algunos vamos, otros venimos. El hermoso se pierde de mí, es una pérdida dramática, nuestros brazos se estiran y nuestros dedos se rozan, nuestros dedos hacen el amor por última vez. En el próximo minuto me olvidaré de él y él de mí. Bailar es una acción casi incorporal; no nos movemos nosotros, se mueve el espacio. Se mueven las paredes, el piso, los demás cuerpos. La fiesta es ir a la iglesia del deseo, todos le rezamos al deseo, le bailamos como si fuéramos sus esclavos. Como si algo adentro de nuestro pecho fuese muy feliz de repente. ¡Dichosos nosotros los que bailamos, los que deseamos! Queremos ser bendecidos por eso que no entendemos pero a lo que le tenemos una fe ciega, queremos que nos digan que los suaves animales que somos pueden amar lo que aman. En un momento amanece por encima de las paredes del patio, por encima de las guirnaldas y los globos. Por encima de las cabezas mojadas por el rocío del baile, por encima de todo. Hasta por encima de los patios sin fiestas. Pero nadie piensa en esos patios, es como si no existieran; todo el mundo está acá, en esta fiesta. Todo el mundo está acá, ¿podés creerlo? Todos están acá, al mismo tiempo. Y el amanecer es brillante y lo miramos, todos al mismo tiempo. 

 

 

 

La casa

Seudónimo: Astrofagia

 

Cuando Marcos y yo éramos novios, él había comprado con sus ahorros y en muchisísimas cuotas un terreno lleno de árboles. Dudaba entre ése y otro, más grande, pero que no tenía ningún árbol. Es un páramo, le decía yo. Cuando esté la casa y aunque plantemos ahora, no tendremos sombra donde echarnos los veranos. Yo quería vivir en una casa que tuviera un árbol en el medio del comedor: si ya hay algunos plantados nos ahorramos la mitad del trabajo, insistía. Vos sos ingeniero, le decía, imagináte hacer una casa acá, con recovecos, esquinas imposibles, espacios subterráneos y un tobogán. Marcos me miró cuando me oyó decir “tobogán”, pero nos queríamos mucho.

Ya lo había pensado: el tobogán terminaría en un sótano. Lo bueno de tener un sótano, decía yo, es que siempre podremos seguir excavando, y hacer la casa más grande, más profunda, hasta el centro de la tierra o hasta que encontremos petróleo, y si encontramos petróleo nos hacemos millonarios y terminamos de pagar las cuotas del terreno. Un sótano no tiene ninguna desventaja, ¿no te parece? Él me abrazaba y me besaba la frente y me decía sí, sí. En el sótano imaginario hay una biblioteca: empotrada en las paredes, tiene una escalera con rueditas que se puede desplazar todo a lo largo y cambiar de altura para llegar al estante donde está el libro que uno quiere leer. Otras veces, dependiendo de mi ánimo, en lugar de la biblioteca hay un salón acustizado. Entonces todos mis amigos vendrán al sótano a tocar la guitarra, o a bailar como poseídos, o a dormir la siesta si quieren, o a esperar el fin del mundo sentados y a oscuras y en silencio.

En el comedor, les dije ya, hay un árbol que se estira hacia arriba y saca sus ramas por el techo. En mi imaginación tengo que resolver el tema de la lluvia, porque pienso que, cuando llueva, el hueco por donde sale la copa del árbol permitirá que el agua entre, y todo lo que haya en el comedor va a mojarse sin remedio, cada vez, especialmente en esta ciudad, que es tan húmeda. Sería una pena que se arruinen mis muebles imaginarios, mis sillones Luis XVI, mi juego de mesa y sillas chippendale. De todas maneras la lluvia es lo de menos porque mi casa imaginaria está en otro lugar: unas veces frente al mar y otras en la montaña, y otras veces en una montaña que da al mar. Y ahí ya Marcos me abrazaba y me recordaba que el terreno no tenía ni de cerca mares o montañas, y yo respondía que mi imaginación era mía y podía imaginarme todo, y que él era un magnífico ingeniero, y que entonces todo saldría bien.

Mi casa imaginaria tiene un jardín imaginario, también. Dependiendo del día, a veces hay un estanque con peces exóticos, de colas transparentes y ojos vidriosos, y otras veces el estanque es más grande, y hay nenúfares aterciopelados flotando entre dos o tres hipopótamos bebés. Una vez, mientras cenábamos, Marcos me comentó como al pasar que había estado pensando mucho y había llegado a la conclusión de que, por más que consiguiéramos hipopótamos, no se iban a quedar bebés para siempre. Le dije que en China los chinos meten a los gatitos recién nacidos en frascos, para que nunca crezcan, y después los sacan, y así quedan gatitos-bebés, y que en una parte de la India o en el Tíbet, creo, no recuerdo bien dónde lo leí, a las manzanas recién brotadas las envuelven en un molde plástico con forma de Buda, y cuando maduran quedan manzanas-Buda, y que además los caniches son la prueba de que los animales son del tamaño que uno prefiera, y que encima (y este argumento me parecía el mejor de todos), los hipopótamos bebés ni siquiera son molestos como los caniches, porque no andan a los ladridos ni hay que sacarlos a pasear adentro de una cartera importada, y ahí fue cuando Marcos me interrumpió y me dijo, tranquilamente, que teníamos que separarnos o por lo menos pensar en que no viviríamos juntos, en esa casa, nunca.

Entonces pensé en el cuarto secreto que tiene mi casa imaginaria, que ni siquiera Marcos sabía que existía, y que yo usaría cada vez que quisiera estar sola o irme a llorar. La puerta es de roble y el piso es alfombrado, suave y calentito como un gatito-bebé de la China. Si mi cuarto secreto imaginario ya existiera, me hubiera ido a llorar ahí en ese mismo instante, pero el departamento que alquilábamos con Marcos era un monoambiente muy modesto, así que ahí, de frente nomás, le lloré sobre los hombros hasta cansarme. Después me acompañó a la cama y me dormí, y esa noche no soñé.

 

 

 

La rasqueta

Seudónimo: Chavela Secuel

 

Debo haber tenido ocho o nueve años. Estaba viendo Abracadabra en la tele ——esto era cuando Disney pasaba películas a las ocho de la noche— e iba por la escena en la que el personaje principal, un pibe de unos diecisiete años, les dice a las brujas que no lo pueden sacrificar porque debería ser virgen y él ya se había hecho un tatuaje. Le pregunté a mi mamá qué era ser virgen. Ella estaba haciendo un tuco para cenar y revolvía la cacerola con una cuchara de madera viejuna. Me miró con los ojos un poco abiertos y contestó:

—La virginidad se pierde cuando el pene penetra el himen. El himen está dentro de la vagina, el pene entra ahí —juntó pulgar e índice haciendo un agujero y pasó la cuchara de madera por ahí— y rompe el himen. Si el pene eyacula, puede haber un embarazo.

—¿Y qué pasa con los tatuajes?

—¿Eh?

No entendí algunas palabras, pero me dio vergüenza preguntar. Asentí y seguí viendo la película. Bette Midler gritaba subida a una escoba de bruja.

Debo haber tenido menos de nueve años porque a los ocho, en cuarto, menstrué por primera vez y tuve alguna charla bastante vaga con mamá. Me desperté a la mañana para ir al colegio y cuando me senté en el inodoro me vi la bombacha sucia con sangre. MAAAAA grité y ella vino corriendo. Cuando me vio me dijo que estaba emocionada y yo que me quería matar. Ese día no fui al colegio y me quedé en lo de mi abuela. Más tarde mamá me regaló un ramo de rosas con olor a podrido.

La abuela me enseñó a ponerme una toallita aunque ella casi no haya usado. Panchos, les dice, y a la concha le dice parranda y hace un gesto como de rascársela cuando lo dice.

—Nadie te puede tocar ahora —me dijo en algún momento de ese día, mientras yo seguía acurrucada en el sillón, y sentí una necesidad de urgencia en esa frase tan cortita.

Mamá es médica, pero más es hija de una época y de una madre. A lo largo de esos primeros años de descubrimiento, antes de la secundaria, me iba explicando cosas de a poco, a medida que avanzaba mi curiosidad. Respondía preguntas; nunca tuvimos una charla. Se ponía seria y usaba palabras técnicas que después tenía que googlear. Para usar internet tenía que enchufar un cable del módem de la tele a la computadora de escritorio.

 

De mucho más chica, cuando todavía compartía habitación con mi hermano, a los cuatro años, descubrí que si ponía el índice y el dedo fuck you uno arriba del otro y me frotaba contra la bombacha justo arriba de la costura del medio iba a sentir como una explosión en todo el cuerpo y un cosquilleo después. La rasqueta, le decía mamá. Lo hacía siempre que podía y en la cama me pegaba contra la pared para que nadie me viera. Mamá me sentía cada vez que lo hacía, me prendía la luz y me retaba. Había épocas enteras que pasaba sin tocarme porque estaba mal y me iban a descubrir. Después, con miedo, volvía a hacerlo y no podía parar. Mucho tiempo después, hace algunos años, mamá me contó la primera vez que me vio haciéndolo.

—Eras chiquita, ni me llegabas a la cintura. Tenías puesto un vestido blanco que te pasó tu prima Camila. La tía estaba en la cocina ayudándome con las ensaladas y parada arriba de una silla te metiste la mano abajo del vestido y empezaste a temblar. Temblabas y te reías. “¡Micaela! ¡Qué haces!”, te gritaba tu tía, y yo me moría de la vergüenza. Te tuve que sacar la mano a la fuerza y bajarte de la silla.

 

Fueron los de Johnson y Johnson al colegio en quinto grado, nos llevaron a la biblioteca y nos enseñaron lo básico. Al principio, la chica que daba la charla hacía preguntas, pero nadie las contestaba. Algunos inntentábamos no mirarnos; otros se reían bajito entre ellos.

—¿Nadie sabe qué es la masturbación entonces?

Franco, que era el que peor se portaba y del que todas estábamos enamoradas, levantó la mano y contestó con ímpetu:

—Sí, yo sé. Las mujeres se meten tres dedos ahí abajo y después de un tiempo gritan mucho.

Ahora pienso, ahora a los veintidós años, qué porno habrá estado mirando Franco a los nueve.

—¿Tres? —contestó la chica agarrándose la cara, haciéndose la sorprendida, actuando mal.

Les dijo a los varones que salieran del aula y quedamos solo las chicas. Nos iban a hablar de menstruación y los varones no podían escuchar porque se iban a convertir en calabaza. No recuerdo de qué fue la cosa, pero sí que nos enseñaron a ponernos una toallita y nos regalaron una y un protector diario en una bolsita de tela con las iniciales J&J. Cuando salimos, con las otras nenas escondíamos nuestro regalo de los varones, que se morían de ganas de saber qué teníamos.

 

 

 

Las penas pasajeras

Seudónimo: Emily Starr

 

Mi abuelo se suicidó en una casa que ya no existe. Yo viví muchos años en una casa que ya no existe. Soñé con esa casa: soñé que cocinaba en una de sus mesadas eternas, de mármol frío y dócil al tacto. 

 

Leo las noticias: se cree que una nieta de Bobby Kennedy y su hijo de ocho años murieron ahogados en un accidente de canoa. La maldición Kennedy vuelve a estar en todos los titulares y me interesa bastante más que el coronavirus.

 

Un día me desperté y encontré a mamá llorando sin parar. Pensé que se había muerto alguien de la familia, pero no: había desaparecido el avión en el que John John Kennedy viajaba con su mujer y su cuñada. Iban camino a Martha’s Vineyard, al casamiento de la hija póstuma de Bobby. Era muy probable que estuviera muerto. Mamá se lamentaba porque se había subido un avión: aparentemente, Jackie nunca había querido que su hijo volara, porque una bruja le había dicho que iba a tener un accidente o que corría peligro, o una de esas cosas más crípticas que dicen las brujas y los brujos. Mamá tenía un brujo: el brujo Virasoro, un correntino concheto que una vez le dijo que tenía que tener cuidado con su hermano, porque le gustaba mucho la plata y eso lo iba a llevar a tomar malas decisiones. 

 

Seguimos la búsqueda: todos criticaban a Clinton por gastar demasiados recursos en un avión privado. Él respondió a las críticas diciendo que la familia Kennedy había dado tanto a Estados Unidos que se merecían un par de dólares extra. 

 

Fue una de las primeras veces que vi a mamá llorar. 

 

Mamá guardaba cosas: guardó durante años un sobre de bordes negros con la dirección de su casa de la adolescencia y dirigido a “Miss Estela G”. Adentro: una tarjeta impresa firmada por Ethel Kennedy agradeciendo sus condolencias. Una esquela igual a las que repartían en el service para Bobby. Me encantan los services políticos que organizan en Estados Unidos: vi hasta el de John McCain. Ted fue el que pronunció la elegía. La imagen de esos tres hermanos que se fueron despidiendo entre sí hace eco en mi cabeza.

 

Todos queremos ser trágicos, o nos gusta sentir que podríamos ser trágicos. Mi familia está siempre en ese borde. Las familias infelices también se parecen. 

 

En su diario de la adolescencia, mamá anota: 

 

12 de junio de 1968

 

En este tiempo han pasado muchas cosas. 

 

1o el 6 de junio murió Kennedy-Robert. Lo mataron como a John. No puedo explicar lo q sentí esa muerte. Ahora se me pasó un poco el dolor, pero llegó al punto de no tener ganas de ir a una fiesta por él. Era tan divino. Aparte 10 hijos y la mujer está esperando el 11-¡Qué espanto! Cada vez q pienso…

 

Después, sigue. 

 

2o A Elena le gusta Alberto… y hay que reconocer que está hecha una sonsa. Se alejó de todas nosotras, x si? atrás de Susana q’ es íntima de él- ¡No sé si estaré celosa o qué pero me da una bronca bárbara!...Debe ser para mi bien.

 

3o Soy la 1ra de la clase- 9, 13 de promedio. Si no tuviera un 5 en Ed. Física tendría 9.44 y sería abanderada. Aparte siempre =. No me gusta nadie. Un opio. 

 

Ya estoy harta. parezco boluda. Pensándolo bien, qué vida poco fructífera llevo che. No hago nada. Podría hacerme un plan. Hacer cosas buenas- no dejarme llevar x rencor y envidia. Estoy embolada. 

 

Los Kennedy, como todos nosotros tal vez, son mitad tragedia mitad delirio. La maldición abarca desde magnicidio hasta ahogarte buscando una pelota con una canoa. Como mamá que después de un largo lamento católico concluye: Hace 3 meses que escribí esto y me doy cuenta de lo pasajeras que son las penas en este mundo, como todo bah!

 

 

 

Nochebuena

Seudónimo: Milena Guirnaldas

 

El chancho está abierto de par en par sobre la tabla de madera. Crucificado. La cabeza está intacta: orejitas, hocico, dientes. Le pregunté a mamá por qué no le poníamos una manzana en la boca y me dijo que era de mal gusto. Mi viejo entra a la cocina con la faca en la mano. Pasámelo a Ricardito, dale, que tengo el fuego en el punto justo. Levanto al chancho y avanzamos en nuestra propia representación del Vía Crucis: Ricardito, yo, papá, mamá, hermano, el perro. El resto de la familia debe estar por llegar. 

Se está por cumplir un año desde que tuve que volver a la casa natal: el desenlace de una convivencia que se truncó y una separación “en buenos términos” repetida como un mantra.

Papá cuenta costillas en función de los invitados; yo me cuento las propias: si mañana consiguiera trabajo, evitara gastos innecesarios y no saliera los fines de semana, podría juntar un mínimo para mudarme… Me encorvo sobre mi pensamiento inconducente, me reclino hacia la parrilla. ¿Y? —suelta mi viejo— ¿me aprueba el lechoncito, señorita SENASA? El comentario me cae como un golpe que me despierta en ese humo de chancho muerto. Qué asco. Voy a la cocina a buscar un whisky. Mamá está preparando la mayonesa casera.

—Vieja, sabés, si mañana consiguiera trabajo…

—Mañana es 25 de diciembre, Milena.

Somos quince comensales; padre y madre, en cada cabecera. Mamá despliega las plumas en pose de pájaro exótico e inaugura ese ritual innecesario:

—Por favor, el precio del salmón, ayer pasé por la feria, una locura.

Las tías sonríen. ¿A quién carajo le puede interesar el salmón, mamá? Nos estamos comiendo a Ricardito. ¿Por qué, mamá, todas las noches desde que volví, me preguntás qué vamos a cocinar para cenar? ¿Se sufre menos cuando la carencia se comparte? ¿Qué hace Ricardito solo en la mesa?

Un flashback: vos en calzones cocinando unos bifes. ¿Quién de los dos era el designado para la cocina? La respuesta, tan nítida: nadie tenía el título mobiliario, simplemente cocinaba el primero que llegaba o el que había gugleado una receta rica. No había que pelear contra nada, ni por semejanza ni por oposición. ¿En qué momento decidí dejar de tener esa vida, mamá?

Noto que a Ricardito ya le faltan dos patas y medio tórax. Papá se jacta de lo bien que le salió “el bicho”. Ojalá esté hablando del chancho. Qué pasa, hijita, ¿no te gustó? Sonrío con la boca cerrada para retener un principio de arcada. Quisiera que alguien me explicara por qué, si Ricardito es mi Mesías, me lo estoy comiendo. Como esa vez, en la comunión de un compañerito, donde me encajaron una hostia; después mi hermano me dijo que me había comido una parte del cuerpo de Cristo, seguramente un dedo. ¿Quién se come a su redentor? Basta, bajo los cubiertos. Me gustaría agarrar a Ricardito, ponerle una de esas sillas con rueditas que les dan a los perros discapacitados y empujarlo por la pendiente de la cuadra. ¿Hace cuánto que estoy en tránsito?

Mi casa era de esos PH con techos altos. Teníamos muchos cuadros y los libros de la biblioteca ordenados alfabéticamente. Habíamos sacrificado una mesita de luz para usarla de alacena y en la heladera teníamos un imán de Lenin acariciando un gato. ¿Cómo estarás ahora que nuestra casa es solo tu casa? ¿Qué valor tendrán nuestras (¿tus?) cosas? ¿Te molestará verme en ellas o ya no estoy en ningún lado?

Después de chupar hasta el último hueso, las mujeres se predisponen a levantar la mesa, los hombres se aflojan el primer botón del pantalón. Mi prima y yo nos quedamos quietas. Nunca entendemos si no ayudar en estas situaciones es un acto de firmeza o de desprecio con nuestras madres. Se hacen las doce, descorchamos el champagne, nos abrazamos. De Ricardito solo dejaron la cabeza, por suerte nadie se animó a comerla. Me gustaría ponerla en una caja y dejarla en tu puerta, como una suerte de ofrenda rabiosa. Mi vieja me sigue preguntando cuándo voy a terminar de traerme “lo mío”. Cómo te explico, mamá, que una biblioteca ordenada alfabéticamente no se puede traer sin desarmarla. Que a veces, el todo no es igual a la suma de las partes, sino que la fuerza de las cosas está en cómo las articulamos, en su arraigo con el entorno; ¿serán mis libros una nueva biblioteca o un cúmulo de cajas que descartó el chino? Si me llevo mis tenedores, ¿reemplazarás los tuyos por un juego nuevo completo? ¿Cuánto se tarda en volver a construir algo? Quizás el secreto esté en recuperar la finitud de lo propio: que los libros sean libros y los chanchos sean chanchos. Hallar las cosas en las cosas.

 

 

 

Todas las mujeres que ya no

Seudónimo: Beatriz Viterbo

 

Fue la mirada de ella, lo primero.

Hablábamos de yoga, de los efectos de la respiración alternada, mientras nos terminábamos un cigarrillo afuera del bar.

Desde adentro, nos llegaban por momentos algunas voces que podíamos distinguir. Nuestra mesa era grande y, a veces, para ser escuchado desde la otra punta, había que gritar. Aunque no se distinguían las palabras, la voz de mi novio llegaba inconfundible, mezclada con el ruido de la lluvia y los sonidos de bandejas.

Saqué de la cartera un paquete cerrado para ofrecerle otro.

Las risas conocidas nos hacían sonreír, a pesar de que no veíamos lo que seguía ocurriendo en nuestra mesa. Un toldo amplio nos protegía. Dijo que mejor no y yo estuve de acuerdo. Así que volví a guardarlo en mi cartera.

Sopló el humo y me acercó el cigarro para que diera la última pitada.

Pisó la colilla con la punta del taco. La vi en el suelo, como un insecto aplastado. Hasta un momento antes, había bailado de mano en mano. 

Fue entonces cuando nuestra conversación quedó pausada.

Ella me miró. Era la misma mujer con la que me reía adentro, la misma con la que hasta hacía un rato compartíamos cigarrillo mientras nos prometíamos dejar de fumar. Pero la pausa era nueva. Y era nueva, sobre todo, esa mirada.

Bajé los ojos, incómoda. Enseguida sonreí y levanté la vista. Esperaba que lo que hubiera pasado ya no estuviera ahí.

Ella me seguía mirando. Acercó la mano a mi cara y me acarició con el dorso de los dedos. De arriba a abajo. Una vez. Cuando quitó la mano, la sensación de suavidad quedó latiendo en mí.

Apoyó la mano sobre mi hombro. Me sonreía. Yo no. Bajó la mano despacio por mi brazo. Cuando llegó, yo también tenía mi mano abierta. La sostuvo mientras acariciaba con su pulgar el centro de mi palma.

Me agarró de la espalda para acercarme a ella. Por encima de la musculosa me acarició los hombros, cerca del cuello. Bajó la mano, hasta llegar a la cintura. Yo estaba quieta. No podía moverme.

En aquel momento era piel. Sentía cada movimiento. Escabulló la mano por debajo de la remera y comenzó a subir. La tela se levantaba. Y aunque era apenas una parte de la espalda, me sentía desnuda.

Cuando se acercó a la boca, yo seguía con los ojos abiertos. Sentí los labios que me apretaban con suavidad. La lengua que empezaba a explorarme. La boca de ella me pareció pequeña. La mano que me sostenía la nuca apenas presionaba. Sus dedos se enredaban, delicados, entre mi pelo. Su mano se deslizó a través de la espalda y llegó a abrazarme los dedos.

Se alejó apenas un poco. Yo miraba hacia el piso. La colilla seguía ahí, en el suelo mojado, pero pertenecía al pasado. Me preguntó si quería que nos fuéramos.

Pensé en el póster de un cantante al que había adorado en las paredes de mi habitación cuando era adolescente. Pensé en el sueño de una noche de bodas con el que me acaricié a escondidas por primera vez, en el cuarto de al lado de donde dormían mis padres. Pensé en las fantasías de vestido blanco que alguna vez había dibujado. Pensé en el viaje que Alejandro y yo íbamos a hacer en el verano y del que les había hablado a mis amigas.

Di un paso para acercarme y dejé atrás a todas las mujeres que yo ya no iba a ser.

No le dije que sí. En silencio, caminamos de la mano hacia su auto.

Ya casi no llovía.

 

 

 

Unknown

Seudónimo: El viejo de la bolsa

 

Tengo una familia de refugiados marroquíes viviendo en mi colchón. Nunca tuve problemas porque casi no estoy en casa pero ahora que estamos de cuarentena por el coronavirus los escucho a la madrugada cuando no puedo dormir o cuando me despierto de la nada en medio de la noche. Escucho los resortes del colchón contorsionarse, sonar, y pienso que puede ser el padre de familia dando alguna indicación a su esposa o tal vez es ella haciendo ejercicio o los hijos estudiando a la distancia o haciendo skype con los amigos que dejaron atrás cuando decidieron venir a América. Nunca interactuamos, me da miedo decirles que sé que están ahí, porque si nos reconocemos mutuamente, esto, que todavía no es una convivencia, se podría convertir en una. Además me darían lástima y ni siquiera los podría ayudar, prefiero no conocerlos. Todo lo que gano lo quiero gastar en mí para viajar por el mundo, para abrir la cabeza y conocer otras culturas y otras ciudades y gente del todo el mundo y acumular historias de gente bien diferente para tener material para escribir y convertirme en una gran escritora.

La octava noche de cuarentena me metí en la cama a hablar con Matías con la intención de tocarnos mientras nos decíamos cosas calientes al odio. Él desconfiaba del éxito de la operación, pero yo le insistí dulcemente y lo convencí. Fue raro porque nos conocemos poco aunque venimos hablando hace un mes. Nos reíamos medio nerviosos y hablábamos de otras cosas y de repente alguna acotación nos acercaba a la meta y nos enganchábamos en ese hilo y nos volvíamos a reír y cambiar de tema hasta que aparecía otra palabra clave y retomábamos el camino y así hasta que entramos en un diálogo de susurros y gemidos y fue mucho tiempo y sentí que todo lo que nos separaba desaparecía y fue increíble, imposible no calentarme con su voz. Nos despedimos bastante fríamente y enseguida de haber terminado, apoyé el celular en la mesa de luz y me acomodé liviana y suave para dormir profundamente. Lo logré, pero tres horas después, en medio de la noche total, me desperté. Abrí los ojos y escuché como a la altura de mis costillas sonaba suave un resorte y el sonido continuaba hacia abajo y volvía a subir y volvía a bajar y así interminable, como si uno de los refugiados estuviese yendo y viniendo, llevando y trayendo algo, o quizá hablando por teléfono con algún familiar, escuchando nervioso alguna mala noticia de su país. Seguí el sonido de los resortes por un rato hasta que lentamente me fui quedando dormida nuevamente.

Antenoche sentí los resortes moverse, revoleé la almohada y pegué el oído al colchón. Sonaba una canción con una base sólida y rítmica que atravesó las capas de goma espuma y entró por el cuenco de mi oreja, una voz masculina poderosa en francés, muy enérgica pero suave, casi melancólica. Prendí la luz y agarré el celular que se cargaba apoyado en la mesa de la luz. Apoyé el índice sobre el lomo para desbloquearlo y busqué en las aplicaciones Shazam. Apoyé el celular en el colchón, la canción se escuchaba bien pero no la reconoció, me decía una y otra vez unknown.