Textos ganadores y finalistas del II Mundial de Escritura

Estos son los textos ganadores y finalistas del II Mundial de Escritura, elegidos por Javier Cercas, Mariana Enriquez y Jonathan Lethem, sumado al voto del público. 

 SEGUNDO MUNDIAL DE ESCRITURA

TEXTOS GANADORES

 

CATEGORÍA GENERAL

 

EQUIPO GANADOR: Azules

 

PRIMER LUGAR Y GANADOR VOTO DEL PÚBLICO 

 Abuelita

Rommel Manosalvas (Ecuador)  

Equipo Azules

  

Abuelita es una hiena de ojos negros. Duerme en el jardín bajo un aguacatero nacido de una pepa gorda. Abuelita se lame la piel curtida y le aúlla a la luna. Desde mi habitación, en medio de sombras nudosas, la veo tragarse puñados de tierra. Mamá la encadena a los árboles, a los postes, a una varilla embebida en un dado de hormigón, como si fuese una perra. La sujeta con una cadena de eslabones gruesos con la que se envuelve en las tardes calurosas antes de quedarse dormida. Entonces mamá aprovecha para cambiarle el agua. Una vez intenté acercarme y me mordió con tal fuerza que me hizo sangre. Corrimos a urgencias. Me cosieron las brechas abiertas por sus dientes falsos.  

«¿Quién le hizo esto a su niño, señora?» «¿Qué clase de animal tiene por madre?»

Mamá me dice que la abuela ha vivido tanto como el aguacatero. Antes, cuando el bochorno golpeaba la casa, se amurallaba ahí; se agazapaba entre las raíces y hablaba con los chanchitos de tierra. Andaba desnuda, despojada de abrigos, sacos de lana basta y enaguas. Se desprendía de todo menos de su bastón, que era su tercera pierna, hasta que comenzó a arrastrarse sobre la hierba amarilla.

Mamá llora y abuelita la llama puta, le escupe, le avienta piedras. Por las noches dejaba su dentadura sobre el lavabo, en un frasco con agua donde flotaban restos de comida, escindidos por la luz naranja de los postes. Había días que me quedaba observando durante horas los dientes de la abuela, pensando en los nenes del laboratorio de biología en sus cunas de formol. Por las mañanas, abuelita merodeaba por los pasillos arrastrando los pies. Respiraba pesadamente tras las puertas cerradas, golpeaba el vinil con la base de su bastón negro. Se calzaba sus dientes sucios para comerse el contenido de la nevera: salchichas, huevos crudos, alitas de pollo sin descongelar. Queso hediondo de tres meses. Se tragaba todo con tal avidez que temía que perdiese el control y comenzara a devorarse las paredes, las mesas y las cortinas.

Un día llegamos a casa y la encontramos masticando una vieja foto del abuelo.  

Un día mamá intentó acercarse y le mordió con tal fuerza que le hizo sangre.  

Desde entonces vive atada en el patio.  Desde entonces no se saca su dentadura postiza.

 «¿Qué puedo hacer?» chilla mamá al teléfono. «Si lo intento me deja sin dedos. La otra vez fueron seis puntos, Amparo. ¡SEIS!» 

A ratos espío cómo se arranca mechones de cabello y se los come, desnuda bajo el fresco del aguacatero, con los chanchitos de tierra entre sus piernas. Pareciera que hablara con los chanchitos. Hay días en que tengo ganas de golpear su cabeza con un palo de escoba. Quisiera reventarle los dientes con la puntera de mis botas.  

Pobre abuela.  

Desde hace un tiempo ya no se mueve tanto. Se la pasa con los insectos sobre camas de tierra negra al pie del aguacatero. Se enreda la cadena de eslabones gruesos en el cuello y quiero que se ahorque, que le queden marcas, como la media luna dentaria que me dejó en la pierna. Cuando se vuelva nada, aún quedarán sus dientes. La miro y sigue ahí, a la sombra del árbol, mascullando obscenidades y tragándose enormes puñados de tierra.  

Desde la ventana, se parece cada vez más a un gusano enorme.

 

 

SEGUNDO LUGAR  

Área de cobertura 

 Ignacio Valente (Argentina)  

Equipo La Pregunta No Es Dónde

 

 Omar conducía su camión por la ruta, en la noche prematura de invierno, con la radio a todo volumen. El teléfono, quizás, llevaba un rato sonando. Atendió recién al ver, por el rabillo del ojo, de casualidad, que la pantalla se iluminaba.

 —Hable –dijo. 

 —Sí –respondieron del otro lado–, ¿Oso Activo?  

Omar bajó la música. 

 —¿Eh? –preguntó, con una mueca de fastidio.  

Tras un breve silencio vacilante, oyó: 

—Hola, sí, ¿Oso? 

—Negativo –contestó Omar. Y cortó.  

A los pocos minutos, llamaron de nuevo.  

—Hable.  

—Busco al Oso Activo. 

Esta vez, Omar cortó directamente y subió la radio, como si regresar a un estado previo anulase aquella interrupción y cualquier otra posterior. Pero la maniobra no surtió efecto: el celular volvió a sonar. El camionero reconoció el número.  

—Hable.  

—¿Oso Activo?  

Omar pensó, entonces, que podía tratarse de un chiste. De esos en que las cosas ocurren tres veces antes del remate.  

—¿A quién buscás, nene? 

Por la voz, calculó que el otro no tendría más de veinte años. Apostó a que la palabra nene iba a intimidarlo.  

—Busco al Oso Activo –insistió el chico.  

—Estoy laburando. Dejate de hinchar las pelotas, o voy y te rompo el culo.  

El chico se rió con cierta incomodidad.  

—Vos sí que vas al grano, eh –dijo.  

—Quién carajo habla –repuso Omar–. De dónde sacaste mi número.  

—Estoy cerca de Chascomús –respondió el chico–. En una estación de servicio.  ¿Por dónde andás?  

—Quién te dio mi número –repitió Omar, gritando por encima de la radio.  

—Nadie. Dale, vos sabés. 

—No, no sé.  

—Estoy en el baño.  

—Ahá.  

—Dejaste tu número acá. 

—Dónde.  

—En la pared. En el meadero. 

—Por qué no te vas a la puta que te parió, pendejo —dijo Omar. Y cortó.  

Subió la radio y fue calmándose de a poco. Se distrajo con los carteles publicitarios que se deslizaban a un costado de la ruta. Botas de trabajo. Alfajores artesanales. Compañía de seguros. Conduzca despacio. Vote. Trajes de baño. Lácteos. Piletas. Disponible. Bingo. Disponible. Cementerio privado. Relojes.  

El teléfono, de nuevo. Ahora se deslizaba sobre la butaca del acompañante con cada vibración. Omar atendió y puteó al chico de arriba a abajo. De un tirón. Sin parar a tomar aire. 

Al otro lado de la línea, sólo se oía ruido ambiente y el agua de los mingitorios.  

—¿Y? Hablá, boludo –ordenó Omar.  

El chico recitó un número de teléfono.  

—¿Es ese? —preguntó luego. 

Omar inhaló largamente. Mantenía las muelas apretadas.  

—Mirá –dijo, esforzándose por hablar con calma–. Estoy manejando. Soy camionero. Trabajo para un frigorífico. Algún pelotudo, compañero mío, debe haber parado ahí y escribió eso para joder.  

El chico no respondía. 

—Borrá el número –dijo Omar. 

Casi le dice que buscara otro grafiti. Que las paredes de los baños están llenas de propuestas por el estilo. Que seguro iba a encontrar algo que le gustara. Pero solamente agregó: «Tachalo. Por favor».  

—Okey –dijo el chico y, en esta oportunidad, fue él quien puso fin a la comunicación.  

Omar continuó manejando. El cielo estaba completamente cubierto y las nubes, bajas, prometían tormenta.  

Unos kilómetros más tarde, el indicador del tablero marcaba que el tanque estaba casi vacío. Omar paró en una estación de servicio y, mientras un playero preparaba el surtidor, fue al baño.  

Se preguntaba si el chico lo habría llamado desde aquella misma estación. Era poco probable: faltaba todavía bastante para llegar a Chascomús. Mientras meaba, se fijó si veía su propio número de teléfono en la pared de los mingitorios.  

Nada. Había, en cambio, grafitis a favor y en contra de algún club de fútbol, los infaltables dibujos de pijas y alguna arenga política. Nada más.  

Cuando salió, llovía con furia. Pagó al playero, corrió hasta el camión y trepó a la cabina. Encendió la calefacción y, mientras entraba en calor, miró por la ventanilla. 

Un perro andaba por la banquina, tratando de ponerse a resguardo.  

Omar sacó el teléfono y buscó el número del chico en el historial de llamadas.  Escribió un mensaje de texto: «¿Lo tachaste?», y lo mandó. 

La tormenta no cedía. Era peligroso reanudar el trayecto. Omar siguió esperando. El teléfono permanecía mudo. Volvió a escribir: «Cómo llueve». Pero se arrepintió y lo borró. Dejó el teléfono sobre el asiento del acompañante.  

Esperó.  

Seguía sin sonar.  

Se preguntó si estaría dentro del área de cobertura. Revisó, por si acaso, la casilla de mensajes. Nada. Escribió otro: «¿En qué estación...» Pero lo borró, también, antes de completarlo.  

Apoyó el teléfono en el tablero, boca abajo.  

El campo se disolvía tras la cortina de agua interminable.

 

 

 

TERCER LUGAR   

Pileta  

Martín Finkelstein (Argentina)  

Equipo Rubor Color Pudor

 

Un domingo de febrero, a eso de las siete, siete y media, es el mejor momento para estar en la pileta del club. Febrero porque aunque todavía hace calor, el verano ya dejó de ser novedad. Y domingo, porque los domingos a esa hora ya no queda nadie. Si no fuera porque nuestros papás quisieron hacer un asado en las parrillas del fondo, Marina y yo tampoco estaríamos acá.  

La pileta está desierta y así vacía no parece tan grande ni tan profunda. Igual, por más que sabemos nadar, nunca vamos hasta donde no hacemos pie; menos ahora que ya no hay nadie en la silla de vigilancia. Miro para los costados y veo que tampoco queda nadie en la zona de las reposeras. Mamá fue clara: nos podemos quedar hasta que se ponga el sol; de ahí agarramos la ropa que nos dejó doblada en la reposera, nos cambiamos en el vestuario y vamos para las parrillas. No podemos estar paseando por el club.  

También nos dejó los palitos para bucear. Son unos palitos duros de colores con el número negro impreso en un círculo blanco; originalmente iban del 1 al 10. Nosotras tiramos 9 porque uno se perdió y porque así es mejor: si no, puede haber empate y no se sabe quién ganó.  

Las reglas son simples. Hay que ponerse de espalda en el borde de la pileta e ir tirándolos para atrás con los ojos cerrados. El último lo tiramos juntas. Nos quedamos diez segundos de espaldas al agua y contamos en voz alta hasta que se terminan de hundir; recién ahí, nos tiramos a bucear. La que encuentra más palitos gana.  

Por mis manos arrugadas y los ojos rojos de Marina supongo que ya debemos ir muchas vueltas. Aunque le llevo solo un año, el juego no es parejo: la desorientación de mi hermana es demasiada ventaja. En una de las vueltas me dedico a mirarla. La veo nadar frenética hacia una zona vacía, braceando angustiada para pescar el palito ganador. Salimos a respirar juntas y la miro palpar a su alrededor, incrédula, antes de volver a zambullirse desesperada. La quiero dejar ganar pero no me sale reprimirme: canchereo un poco y levanto el palito que tengo al lado con los dedos de los pies.  

No sé bien cómo surgió todo. Puede ser que haya tenido la idea en la cabeza desde siempre. Tal vez la imagen de los palitos hundiéndose haya tenido algo que ver; no lo sé. De alguna forma u otra, empiezo a tener la idea de sostenerle la cabeza abajo del agua: me da curiosidad. Soy más alta, más fuerte y aguanto mucho más que ella sin respirar, así que no debería ser difícil. En una de las vueltas estoy a punto de hacerlo; pero cuando estiro la mano, ella sale sin verme para el lado de las escaleras. Se levanta del agua triste, con las manos vacías, y yo me arrepiento de inmediato.  

Jugamos un par de vueltas más pero no me puedo concentrar. Tengo frío y mis propios pensamientos me hacen temblar aún más. Tengo miedo que Marina me escuche pensar. Le quiero pedir perdón, pero pienso que no me va a entender y no podría ponerme a explicar. Me insiste para seguir jugando y acepto, aunque ya casi no hay sol. Contamos hasta diez y salgo disparada tratando de juntar los palitos lo antes posible, no quiero estar ahí. Ya debo ir cuatro, cinco, cuando veo el palito rosa liberado. Nado apurada, estiro la mano y lo agarro fácil. Salgo a respirar y mi hermana me pasa nadando cerca, bien pegada al piso azul.  

Sin pensarlo, suelto los palitos, me zambullo rápido y la empujo contra el fondo de la pileta. Sus palitos se le escapan de las manos y se mezclan obedientes con los míos. Al principio no reacciona, pero después empieza a mover los brazos dando manotazos que, si me pegan, no los siento. Lo que sí siento es su pelo y su cara aplastada contra el piso azul. Presiono un poco más y la siento mover las piernas desesperada. No hago ningún esfuerzo para pararle las patadas que me da, por más que podría inmovilizarla fácilmente. Sigo presionando y siento ahora la dureza del piso en mi mano, como si su cabeza no estuviese ahí. Me parece que no pienso en nada, lo único que me llama la atención son las burbujas que se arman. De a poco van perdiendo fuerza, pero igual me nublan la visión.  

No sé por qué lo hice, pero la solté a tiempo. Salimos juntas del agua, sin aire las dos. Me miró con una cara que no podría volver a ver. No lloró. No dijo nada ahí, ni le contó nada a mis papás: yo también me quedé muda.  

Salimos de la pileta y agarramos la ropa que estaba en la reposera. En el vestuario nos cambiamos las mallas sin hablar. Después nos fuimos directo para el lado de las parrillas, como nos había indicado mamá.

 

 

GANADORES CATEGORÍA HASTA 18 AÑOS

 

EQUIPO GANADOR: Bibliófilos

 

PRIMER LUGAR

Morir así parece sagrado

Autora: Milagros Porta

Equipo: Ballet Cósmico

 

Después de un rato, el caos puede volverse un estado de cosas. Afuera solamente veo rojo, naranja, amarillo: se forma una gama fascinante de colores cuando explotan los autos y otro árbol se quema entre la gente que aplaude.    

Subimos antes de que llegue el fuego a nuestro barrio. Desde la terraza se ve todo, la casona está muy bien ubicada. Apenas nos llega el humo, por ahora. Papá me ofreció quedarme en su casa, “sólo nos tenemos a nosotros”, y ahora me ceba mate mientras se arma el tercer porro del día. Se tira agua hirviendo en la mano. Disimulo mi sonrisa. Por suerte se quemó él, y no la yerba. El viejo da un salto y me mira como si el agua se me hubiera caído a mí. Ya no sabe ni en dónde está parado. Aunque podríamos estar en cualquier parte: el paisaje, acá o en Moscú, va a ser el mismo.   

Me asomo a la calle para ignorarlo. La gente todavía está marchando, en procesión. Ahora empiezan a corear unas canciones que repiten siempre la misma estrofa. Pero son festivas, como de carnaval. Los noto alegres. La mayoría, deformados por el fuego, lloran, gritan. Agradecen. No sé por qué no bajo y los sigo. Morir así parece sagrado. Chupo la bombilla del mate y lo revoleo a la calle, asomada desde la baranda. Viéndolos, todo lo que alguna vez quise me parece una idiotez: la casa de mamá, el terreno en Tigre, esta misma terraza, y el mate que ahora estalla contra la vereda, avivando apenas las llamas. Papá y yo nos vamos a morir como voyeurs, mirando desde acá la verdadera muerte. Fuimos prolijos: dejamos todas las hornallas encendidas. Cuando el fuego las alcance, se acabó para nosotros.

 Papá saca un sobre con dos píldoras negras. Se traga una en seco, me ofrece la otra. “Yo me quiero morir como ellas”, le respondo, “con el fuego de las hornallas”. Estoy mirando a un grupo de señoras que baila frente a un auto detonado. Pareciera que se están fundiendo una con la otra por las brasas. Desde acá veo una mujer con muchos brazos y cabezas, una gran señora incendiada. Papá quiere contestarme, pero está muy fumado y se empieza a reír. Entonces busco con los ojos a los jacarandás de la vereda de enfrente. A esta altura del año se llenan de flores; ahora solo tienen puntos rojos, naranjas, amarillos. 

 Trato de acordarme de algo, algún recuerdo, alguna cara, que me saque de este estado de apatía y fascinación. Yo la quise mucho a mi abuela –cosas como esa quiero pensar. Pero no hay nada: ¿Quién se quiso en esta casa? ¿Qué recuerdo le puede ganar a la visión de los cuerpos quemados?     

Ahora detonan dos autos más y la gente festeja. Por qué digo la gente si yo también lo disfruté, es como pirotecnia pero sin sentir culpa por ninguna mascota. Total se van a prender fuego, como todo. Papá me mira buscando complicidad: “Son indios”, dice, y le da otra pitada al porro. Se ríe atragantándose, tose. Ahora tengo ganas de que el fuego se lo coma, verle la carne deformada, el cráneo como último gesto de ironía: un muñeco de huesos con traje de marca, patético y triste. El humo nos rodea y ya no puedo parar de toser, pero me encanta.   

Reconozco la canción que están cantando. Es de la cancha. Papá me mira con asco mientras la coreo a los gritos. “Dónde aprendiste esa grasada”, suelta entre risas nerviosas, y abre mucho los ojos enrojecidos. Yo le canto a medio metro de la cara mientras se parte el tronco de un jacarandá vencido, vuelto mugre y ramas negras, y ya no me sorprende estar sintiendo este deseo tan majestuoso de que todo arda.

 

 

SEGUNDO LUGAR CATEGORÍA HASTA 18 AÑOS

la peor resaca es la de las palabras incorrectas   

Autora: Josefina Gómez  

(Ganadora del tercer lugar y Premio Voto del público en el I Mundial de Escritura por el texto “hoy te tengo cariño”)

 

 

todo lo que me gusta

está quemado  

o marchito

alguien hizo pis   

en mis flores  

y revoleó el florero

por la ventana

después de profanarlo  

¿el mejor escape es romperse en mil pedazos   

sobre el pavimento? 

 

corrí a buscarlo

no me di cuenta

que mis intentos estaban estancos   

mis pies enterrados

en vómitos de colores

las lágrimas de las parejas

que se dejaron en el living de mi casa 

 

lo peor de la noche es

que te hace sentir infinita   

cósmica

pero cuando sale el primer rayo    

de sol

hay que salir corriendo

para no volverse polvo

hay que jugar a la cenicienta   

hay que evitar    

a toda costa

la metamorfosis de las percepciones 

 

de lo que te dije todavía

me quedó un gusto amargo   

a pomelo pasado

la peor resaca es

la de las palabras incorrectas   

ácidas, quizás

rosas 

 

tiré todo

jugué a envolver

patiné con saliva ajena

guardé una botella de bombay sapphire   

está rasgada pero trasluce azul

la doy vuelta encima de una lamparita   

le rezo a la luz

la cuido porque me hace   

pensar en mí

no quisiera que me desechen   

por mis tajos

o mis colores

que me guarden con pena   

como un adorno inútil 

 

no me da miedo

quedarme dormida al sol

no me quema

no me da miedo

tomar una botella entera de vodka   

no me quema

no me da miedo

abrir la puerta del baño   

encontrarme con una obscenidad   

la erótica de la traición

no me quema

yo soy el fuego 

quemo a lxs demás

 

alguien gritó golpista   

lo dijo tan alto

sentí que apretó   

bloq mayus   

de las cuerdas vocales

la violencia suena parecido

a una maceta cayendo

de un quinto piso

sin que nadie la vaya a buscar   

alguien apagó la música

se escucharon

las pitadas de los cigarrillos   

los ecos de las mentes

la luna escondiéndose 

 

me quedé encerrada en el baño   

no pedí rescate ni ayuda   

busqué lo espontáneo

encontré forros usados

el inodoro lleno de purpurina   

un gatito en la bañera

y el desastre en el espejo 

 

almorcé y cené sola

la compañía

son animales de zoológico   

encerrados   

en jaulas de cristal

 

me bañé para sacarme los brillos   

las manchas

los vestigios de una noche   

cuando ya salió el sol

están a la vista  me expongo

ante los vecinos pero nunca   

ante mí misma 

 

¿cómo se cierra una herida   

que nunca se abrió?

me arranco la piel

corto el pasto de la plaza   

como con las manos   

pego flores sobre cartones   

así y todo

no logro entender

cómo sanar un corazón   

o al menos   

cómo romperlo 

 

contesté mensajes

que manda una máquina,   

impersonales

barrí el polvo

lo arrastré abajo de la heladera   

tapé el sol con la mano

hice ruidos raros

para que los vecinos escuchen   

pregunten por mí

después me acordé

vivo sola

en una calle sin salida 

 

ordené todo

tardé horas

asistí a la fiesta

de la prolijidad de mi hogar   

tomé un vaso de agua   

desordené todo otra vez   

para sentirme dueña   

de mis propios desastres 

 

mi abuela le pone 

alcohol a la basura   

perfuma los restos   

quise hacer lo mismo   

no encontré   

algo que no fuese  

un resto

ahora mi casa   

es inflamable 

 

me pediste casamiento   

con aliento a marihuana   

una bermuda agujereada   

y cumbia de fondo  

te dije sí

sólo porque quiero   

ser joven y divorciada 

 

prendí la hornalla

puse leche en un jarrito 

cucharadas de miel

salí de casa

no apagué el fuego   

necesitaba volver

y contemplar

la explosión de dulzura. 

 

 

TERCER LUGAR CATEGORÍA HASTA 18 AÑOS

 Creo que no voy a preguntarte tu nombre  

Autora: Eva Gadano

Equipo Martín Wilson 2punto0

 

 

 —We are the robats   —trató de cantar Franca con su mejor acento alemán mientras terminaba de hacer pis. Su novio fumaba un pucho en el auto y ella había decidido ir al baño aunque no tenía demasiadas ganas.  

 —Du du da du —dijo Manuela con tono de desconocida.

 —¿Estabas acá desde antes que yo o no te escuché entrar?

 —Estaba desde antes, estoy hace un rato largo. Ya terminé de hacer pis pero me distraje leyendo los mensajes de las paredes y después con lo que estabas cantando.

 –Ah, ni los había visto. Ando medio distraída —dijo Franca, prestándole atención a las cosas que llenaban las paredes de su cubículo. Ya casi ni quedaba espacio donde se viera la pared y le hizo acordar a cuando de chica su vieja la retaba porque le decía queso con fideos a los fideos con queso y se gastaba todo el Reggianito— Tengo uno que dice “Fabi y Rama. 2016. 2 meses de viaje” –dijo.

 —Yo uno “Vale y José. 2013. Mes y medio de viaje en un Gol gris.” Está ya bastante gastado, casi ni se lee —dijo Manuela.

 —“Tu vieja y tu hermana. 2017. Vayanseacagar” —dijo Franca, soltando una risita— O “Juli y Juli. Sí, me llamo Julia y él, Julián. 2 semanas de viaje en un Ford Fiesta”.

 —Acá hay uno más picante —dijo Manuela— “Me estoy llevando para el orto con mi novio y nos quedan dos semanas de viaje hasta Capital. Encima estoy embarazada y vomitando en este baño de mierda. Todavía no le dije.”

 —¿Alguien le contestó algo? —le preguntó Franca.

 —No. ¿Querés contestarle vos?

 —Bueno —dijo—. Le diría: “tranquila amiga, si te hacés la dormida y pones mucha música el viaje se pasa rápido. Con el tema de los vómitos recomiendo que compres chicle en el quiosquito cuando salgas” —pausó—. Y el embarazo… no sé. ¿Vos qué le dirías?

 —Supongo que le avisaría que tiene hasta las 12 semanas para abortar. Bah, ¿son doce, no?

 —Creo que sí. No estoy muy segura. Si tuviera señal lo googlearía.

 —Gracias —le respondió Manuela. Franca todavía no había podido descifrar si estaba en el cubículo de al lado o uno más lejos. Había decidido que agacharse y fijarse era demasiado peligroso—. Además creo que le diría que espere a llegar a Capital para contarle al novio.

 —Esa es buena también —dijo Franca—. Igual, ahora que lo pienso, no tiene mucho sentido contestarle porque esto no es como, no sé, los baños del colegio donde hay aunque sea una mínima posibilidad de que lo vea y te vuelva a contestar. Acá pasás una vez y nunca más. 

 —Sí, tenés razón, es una cosa de una vez —le contestó Manuela—. La Shell del kilómetro 2745 de la ruta 40 —agregó. Hubo un momento de silencio y le pareció escuchar el sonido de una gotita cayendo de alguna de las canillas.

 —¿Decís que Fabi se estaba llevando bien con Rama? Yo llevo tres semanas y ni me imagino dos meses —dijo Franca—. Quizá lo puso más como con esperanza. ¿Y si lo hago yo también?

 —Podrías.

 —No tengo marcador. ¿Vos tenés de casualidad?

 —Sí, tengo un sharpie rojo que anda bastante para el culo —dijo Manuela, después de un segundo de pausa—. ¿Te sirve?

 —Sí, obvio —contestó. Manuela le pasó el sharpie por el costado del cubículo y Franca pudo confirmar que estaba directamente al lado. Una simple pared las separaba. Seguro si le pegaba masomenos fuerte la podía romper. Mientras escribía, el ruido del marcador contra la pared era el único en el baño—. Listo —le dijo, devolviéndoselo—. ¿Vos estás viajando sola?

 —No, con mi novio también.

 —Ah… ¿Y no se estará preocupando de que estás tardando?

 —No creo. Igual quiero quedarme un rato más acá me parece. 

 —Ah, bueno —dijo Franca—. Yo creo que arranco ya.

 —Okey.

 —Creo que no voy a preguntarte tu nombre.

 —Creo que yo tampoco —dijo Manuela, y hubo otra pausa donde ambas se terminaron de acordar de que no se conocían.

 —Ah y creo que también le diría a la chica que esté tranquila, que va a estar todo bien.

 —Okey. Ahora lo escribo todo.  —Chau —dijo Franca, abriendo la puerta del cubículo.   —Chau, suerte —dijo Manuela. Escuchó un par de pasos, el agua corriendo, el agua dejando de correr, y la puerta del baño cerrándose. Escribió con el sharpie rojo en la pared, y cuando había pasado una buena cantidad de tiempo salió de su cubículo, se mojó la cara, agarró el paquete con dos chicles Beldent de menta que había aparecido en la mesada, y salió del baño.

 

 

TEXTOS FINALISTAS 

CATEGORÍA GENERAL

 

Golpes

Franco Cárcamo (Chile)

Equipo sebastián

 

Mi hermana resistía los golpes mejor que yo. Siempre había tenido una relación complicada con el peso, y la grasa de sus brazos absorbía los impactos. No como los míos, que eran apenas dos huesos cubiertos por carne, comiera lo que comiera. Como ella era la mayor, tenía más fuerza y su cuerpo era más grande en todas direcciones. Yo en cambio, tenía las manos huesudas, y según ella, eso dolía más.

Por lo general compartíamos las marcas. Le mostrábamos al otro, como un trofeo, una mancha morada o un pedazo de piel verdoso. Un golpe bien dado dejaba un pequeño hematoma, y esa era la evidencia de que nuestra técnica iba mejorando. El dolor solía ser breve, pero el adormecimiento duraba más. Y después no podíamos usar ese miembro por el resto del día, porque cada vez que sostenía algo muy grande, el músculo cedía ante el peso.

Las marcas se quedaban días. Y tuvimos tantas, que pienso que en algún momento los moretones comenzaron a salir porque sí. Porque querían, porque no les gustaba estar solos y preferían acompañar al familiar que se había alojado en mi brazo o en el de ella. Los dos éramos blancos. Así que a los dos nos aparecían marcas en donde estábamos seguros, nadie nos había pegado.

Si el brazo no estaba a la vista, se golpeaba cualquier lugar que tuviera carne, como los muslos o la pantorrilla. Algo que soportara bien la mano empuñada, los dedos doblados y el índice ligeramente afuera, como una manopla con un solo dedo. No se pegaba nunca de frente, sino de lado, como un martillo. Eso lo hacía menos doloroso, pero más duradero, como todas las cosas buenas. Y por ese calambre que se apoderaba del músculo un buen rato, los golpes se llamaban dormilones.

Su estatus de hermana mayor le permitía hacer lo que quisiera conmigo. Pero yo era el más frágil y podía llorar a voluntad. Nos pegábamos cuando peleábamos, y cuando no peleábamos. Nos pegábamos como una venganza que podía tardar semanas en llegar (“por el combo del otro día”), o nos pegábamos para llevar la ventaja en una cuenta que hasta ahí iba equilibrada. Nos pegábamos para vernos llorar, o para hacernos reír, y cuando lo hacíamos nos encerrábamos en la pieza de mi mamá antes de que el otro pudiera devolver el golpe. Pero la mayor parte del tiempo nos pegábamos porque sí. Porque el otro estaba expuesto, nos pegábamos como un saludo y un recordatorio de que uno nunca podía bajar la guardia con su hermano o con su hermana. Los golpes no eran una sorpresa, sabíamos que iban a llegar. Lo emocionante era adivinar cuándo y por dónde.

Nos dimos un par de golpes en la espalda, pero perdieron rápidamente nuestro interés, porque los huesos le dolían más a la persona del puño que a la persona de la espalda. Lo mismo con la rodilla o el antebrazo. Tampoco era buena idea pegar en la cabeza. Una vez mi hermana me tenía contra la pared, y a lo único que atiné yo fue a darle un cabezazo. Aún recuerdo el sonido, que fue más agudo de lo que esperaba. Y ambos dimos con la teoría de que si bien ella tenía más fuerza, mi cabeza era más dura, y que ahí ninguno de los dos tenía grasa para amortiguar el choque.

Nos detuvimos cuando los moretones aparecieron en el cuerpo de mi hermana sin mi ayuda. Hoy las marcas no le recuerdan ni le devuelven nada, y tampoco le respetan los lugares más grandes como se debe. Aparecen sin lógica, y sin importar el tiempo que pase, se quedan ahí, como huérfanos pudriéndose. El doctor dice que estos golpes vienen de adentro. Que en realidad, es su cuerpo el que se está golpeando a sí mismo, como si ya no me necesitara y se valiera con su propio dolor.

Ahora tiene moretones en el cuello, un lugar donde yo jamás me habría atrevido a pegarle. Y a mí me da rabia. Me dan ganas de decirle que se aprenda las reglas, o en su defecto, que me deje a mí hacer el trabajo que tan bien sabía hacer de chico. Pero mi hermana ya está delgada, y no le quedan buenos lugares que golpear.

 

 

Feroza

Tamara Kohen (Argentina)

Equipo Sincronía

 

A la abuela la cremaron para no tener que pagarle un cementerio. Nos reunimos en su departamento para recibir las cenizas y dejar todo en condiciones para entregárselo a los nuevos dueños. No hay mucho para hacer. La abuela vendió sus mejores ropas, los muebles, la colección de joyas y la vajilla de porcelana unos meses antes de morir, para asegurarse de que no nos quedáramos con nada. Entonces a la abuela la cremaron para que nada de ella quedara en este mundo.

Mientras esperamos que un cerrajero venga a destrabar una caja fuerte que descubrimos por casualidad, el tío Edgardo propone recordar “las mejores-peores historias de Carmen”, su mamá, a la que hace mucho tiempo dejó de decirle mamá. Papá está un poco conmovido, como hijo preferido no padeció tanto esa singular manera que tenía la abuela de dar amor. La tía Marta se copa de una. Siempre había tenido un vínculo tormentoso con su madre, pero todo se fue al carajo el día que Carmen, tres días antes del casamiento de Marta, llamó en secreto al salón para cambiar la fecha. Había conseguido un sobreturno con un cirujano eminencia que venía de Israel y decidió retocarse la nariz. No iba a estar “en condiciones de socializar”. Marta y el tío Rubén cancelaron la fiesta, se fueron a vivir a Miami y a Carmen no le hablaron más. La abuela reapareció años después en South Beach pidiendo conocer a mis primas Melina y Carolina. Marta accedió pero el día del paseo tuvo un imprevisto. Las dejó ir con la condición de que el chofer de la abuela las vigilara. Melina y Carolina llegaron 4 horas después, con carísimos vestidos y corte carré. “El pelo largo es para prostitutas”, dijo Carmen cuando las entregó. Esa fue la única y última vez que se volvieron a ver.

El tío Edgardo tenía 16 años cuando Carmen se enteró que era gay. Lo había ocultado bastante bien –no sin sufrimiento– pero una noche Matilde del 4to H lo descubrió de la mano con Gustavo, un supuesto amigo del colegio. Carmen lo echó de la casa a cinturonazos. Por “desviadito” y por “humillarla con la gente del edificio”. La abuela creía que era una venganza porque el día que tenía que parir a Edgardo, algo pasaba con la placenta y le pidió al obstetra que “priorizara su vida por sobre la del bebé si las cosas se ponían difíciles”. Por suerte Edgardo nació bien, aunque muchas veces se preguntó para qué.

A los 3 días del escándalo, Carmen lo dejó volver a la casa con la condición de que un sanador recomendado por Matilde del 4to H le “sacara la homosexualidad”. Cuatro años de medicación le sacaron al tío Edgardo la homosexualidad, el apetito, la libido, los amigos y hasta las ganas de vivir.

Con papá nadie sabe por qué fue diferente. Eso habilitó a que Carmen y yo tuviéramos un vínculo más cercano, pero ella estaba muy lejos del arquetipo de abuela. “Saludame de lejos, querida, los besos paspan la piel”, decía.

El timbre interrumpe el clima fogonero. Marcelo el cerrajero finalmente resolverá el misterio de la caja fuerte. Nos anticipó que el trabajo va a costar porque “las Alcastar son de máxima seguridad y difíciles de abrir”, lo que nos hace pensar en la posibilidad de que la abuela haya guardado ahí la plata de las cosas que vendió para asegurarse de que no nos quedáramos con nada. Con una especie de pistola que se jacta de haber inventado, Marcelo el cerrajero hace saltar la puerta de la caja fuerte en un segundo.

Cinco latas de chocolate amargo belga de mil dólares cada una. Todas vencidas.

Marta rompe el silencio con una risa irónica y Edgardo balbucea cosas que no se entienden, está muy transpirado, con los ojos saltones y la cara hecha un fuego. Patea lo que queda de la caja mientras papá trata de frenarlo tirándole de los hombros, y Marta putea a Carmen mirando hacia arriba, Melina graba todo con el celular y el pelotudo de Marcelo el cerrajero reclama 7 lucas.

El tío Edgardo abandona la habitación desencajado caminando rápido y pisando fuerte hasta el comedor, seguido en fila por nosotros y Marcelo, y agarra las cenizas de la mesada, se mete en el baño, levanta la tapa del inodoro, abre la caja de cenizas, arroja las cenizas adentro del inodoro y aprieta el botón

y el agua en vez de disolverse hacia abajo, sube

y vuelve a apretar el botón, el agua vuelve a subir

y vuelve a apretar el botón y el agua rebalsa

y se escapa por el inodoro

y chorrea

y empapa los pies de Edgardo

empapa el piso del baño

empapa el pasillo

empapa la alfombra del comedor

empapa.

Así era Carmen.

Arrasadora.

Dañina.

Feroza.

 

 

La maldición

Virginia Roldós (Uruguay)

Equipo Grupo Arácnidas

 

«Estas casas están todas podridas. Por acá abajo pasa el arroyo Quitacalzones y los cimientos de todas están metidos en el agua, todos podridos» me dijo furioso el jardinero. Y cuando parecía que se iba, giró y desde la vereda de enfrente, blandiendo un rastrillo, me gritó: «¡Todos podridos!»

Al poco tiempo de mudarnos, el hombre pasó por casa ofreciéndose para hacer tareas de jardinería. Yo estaba arreglando unas pocas flores que tengo en el frente. A lo mejor vio que no soy muy hábil, porque al saludarme torció la cara en una mueca, la misma que hace la peluquera cuando me examina algunos mechones y descubre que yo misma me hice la tinta.

Le expliqué que recién nos habíamos mudado y que teníamos muchos gastos. Que a lo mejor más adelante...

Al tipo no le sentaron bien los puntos suspensivos. Mucho menos que me negara a contratar su servicio. Me advirtió que él había sido el jardinero de mi jardín por más de veinte años. Me miró con desprecio y agregó: «No sé lo que pretende».

Yo dudé. Era la primera vez que tenía un jardín y no sabía nada del tema. A lo mejor prescindir del jardinero era como alejar un niño de su escuela querida o abandonar un perro. ¿Qué clase de vínculo existía entre ese hombre y mi cuadradito de tierra con lombrices?

Me quedé dándole vueltas al asunto y se me hizo una galleta con ese hilo de cuestiones. Terminé de trasplantar unas alegrías y unos coralitos que había comprado en la feria y recogí las palitas y un rastrillito que tengo. Cuando los tuve en las manos me di cuenta de que parecían de juguete. Pero ¿cuál era la gracia de tener ese cachito de tierra si yo no iba a poder hundir las manos en el barro o cuidar de esas pocas flores?

Mientras me lavaba las manos recordé la cara del hombre: «¡Todos podridos!» ¿Será verdad que hay un arroyo que se llama Quitacalzones? Imaginé una correntada de agua que arrastraba calzones viejos y rodeaba los cimientos de mi casa.

Más tarde, tuve que escuchar a Pablo repetirme que la culpa era mía porque a qué le tengo que dar explicaciones a cualquiera que pasa por la puerta. Y yo le dije que ese no era cualquiera, que era el ex jardinero de nuestro jardín por más de veinte años.

El hombre nunca más volvió a pasar por acá, pero la casa es muy húmeda, mucho. No me gusta decir que está toda podrida, no lo digo en voz alta, pero secretamente lo sé. El agua sube por las paredes como si fueran de papel. En invierno están heladas, como las de un iglú y en verano, el aire se respira vaporoso, está cargado de minúsculas gotitas de agua en suspensión como una niebla meona. En nuestras paredes viven de forma permanente líquenes minúsculos, insectos diminutos, helechos y briofitas tenaces que reaparecen al cabo de unos días, aunque yo insista con toda clase de productos antihumedad.

Dentro del armario, la inmovilidad de los zapatos los vuelve territorio fértil para la colonización de una población verdosa de mohos rebeldes. Si hablamos de abrigos, entre el fin del invierno y el inicio del siguiente, la plaga de hongos avanza obstinada sobre los tejidos y los arruina con sus manchones verdosos y su peste de encierro. Cuando nos vamos por algunos días, al regresar y abrir la puerta nos golpea un olor que me hace pensar en un calabozo subterráneo, la mazmorra de la fortaleza de una isla tropical.

Con el paso de los años las cosas han ido a peor. Si se trata de mi bicicleta, en un día de lluvia su armazón empieza a mostrar los signos de una erupción como de viruela o sarampión. Su piel esmaltada se satura de brotes de óxido que se ensanchan y se hacen profundos si me distraigo y no acudo a tiempo a curar su osamenta.

Yo no puedo tener una cajita con clavos de repuesto, ni bisutería barata, ni unos cuchillos de serruchito. Si algún intruso osara colarse en mi casa moriría de tétanos por trepar a la reja.

Hace falta valor para meterse en la cama en julio. Es como sumergirse en un abrazo húmedo y frío. Además, hay que luchar a brazo partido para sacar el cardumen de sábalos que se acurrucan bajo las mantas en las noches más largas del año. Con Pablo ya probamos de todo, pero a veces nos damos por vencidos y dormimos en el sofá.

 

 

Mandarina

Jimena Pellejero (Argentina)

Equipo Consejos de oruga

 

Corto campo, me voy. Debe estar lleno de víboras ciegas en los pajonales. No importa, vos sabés que no me importa. Tiraste tantas veces de eso, a dónde vas a ir, Gisela, cómo vas a hacer para irte, está lleno de bichos el campo… que me hiciste pensarlo bien, planear la huida y darme cuenta que no tengo miedo. No a eso, no a los pajonales, no a la oscuridad, solo a vos.

Es de noche y el frío quiebra, cuartea, pero no lo siento. En esa te equivocaste. No contabas con mi furia. Voy ciega como las víboras abriéndome paso entre estos pajonales que ya tienen escarcha. Va a helar como nunca y yo acá, a la intemperie, riéndome casi. Con la furia encendida, acalorada, un torbellino de vapor en el campo negro. La noche es toda oscuridad, como vos. Como yo. Cómo lo vamos a regalar. Cómo me lo vas a regalar, Jorge, si era mío.

Corro y me agito. Sí, me vuelvo a buscarlo. No puedo más. Ya sé lo que me vas a decir: loca loca, no podés con vos misma, vas a poder con un hijo… yo puedo, voy a poder, yo sé que voy a poder. Qué sed, no me traje agua. Salí desesperada apenas te dormiste. Habías dejado las cáscaras de mandarina al lado del vaso de vino. Yo casi no tomé hoy. Necesitaba que el cuerpo me responda, por eso las caminatas, Jorge, sí, por eso. Ya vas a entender todo.

Te espié, sigilosa, y te vi tapado con las frazadas a cuadros en la cama. Me acerqué con la lámpara a querosene. La luz tibia te iluminó media cara. Pensé en matarte, fueron segundos. Estabas tan borracho que ni te hubieses enterado. Después quise besarte, mi amor, mi Jorge hermoso, me acerqué, pero tenías olor a mandarina. Quise matarte de nuevo. Me contuve, Jorge, vos sabés que me sé controlar. Todos estos años pude, pero mi hijo… lo quiero, Jorge.

Tengo que llegar a la ruta. Si te despertás y me querés buscar, la noche está tan negra, tan negra que no me vas a ver. Ahora hay pasto, la tranquera está cerca. Tus botas de lluvia están mojadas y sucias, las rellené con algodón. Todos los bichos del monte me hablan, los árboles también. Están monstruosos, doblándose, silbando con el viento sur que se levantó de golpe y se va a llevar la helada.

Corro. Corto campo. Se me sale el corazón, pero no más de lo que vos me lo sacaste, Jorge. Te tendría que haber matado. Te tendría que haber matado. Ahora me vas a buscar, le vas a mostrar las pastillas a la policía, a mamá, todos te creen, Jorge. Todos están de tu lado, menos yo. No saben ellos de tu olor a mandarina a la noche, del vino y tus besos de prepo. De tu mano pesada, castigadora. Del cuarto del fondo, del encierro. De mi llanto perpetuo.

Me caigo. Siento la cara en el pasto y las manos embarradas que no llegaron a atajarme lo suficiente. Lloro de rabia, pero no me detengo. Me levanto y vuelvo a correr porque veo luces de autos que pasan por la ruta. A las once pasa el micro y ya deben ser.

Soy un halo de vapor corriendo. Estarías orgulloso de mí, Jorge, qué miedo. ¿Por qué no te maté? Me trepo a la tranquera y cuando pego la vuelta para bajar, te veo. Venís corriendo, me levantás la mano en medio de la oscuridad. Veo el arco de luz que se forma cuando revoleás la linterna. Apenas escucho tus gritos. Qué ganas de llorar, me pica la piel, me sobra. Me acerco a la ruta sin dejar de mirarte. Hay unos faros grandes y salvadores que me iluminan. Me saco el barro de la cara para no parecer lo que soy, una loca. Levanto la mano con cara amable, como siempre hacés. Te escucho, Jorge, estás del otro lado de la tranquera casi, tan cerca. Pero yo ya estoy arriba, el micro arranca pero desacelera, el chofer me pregunta ¿ese que viene corriendo está con vos? No, es un loco de por acá nomás, le digo. Eso le dije, Jorge, estarías orgulloso.

 

 

Ígnea

Daniela Silvera (Argentina)

Equipo Silenciosas incurables

 

Vamos perdiendo toda la humedad, y recuerdo el sendero que hacían los ríos dentro de sus cavidades de tierra, la fuerza con la que las olas colisionaban contra los brazos de arena de la playa, el estruendo de los relámpagos que solo nacen durante las tormentas. La fuerza espesa de los glaciares y los inviernos, la suavidad lubricada de las paredes de nuestras bocas, la gruesa jugosidad de las plantas amazónicas. La fuerza móvil del agua que se va evaporando con el fuego.

Veo a la gente entrar a edificios, y recorrer los locales creando una sinfonía de palabras perdidas y pasos a diferentes ritmos. Me veo esperándote en uno de los bancos de la plaza, pronosticándonos almuerzos, planeando recorridos, deseando encontrarnos en espacios cada vez más cerrados, mapeando proximidades físicas. Nos veo probando la salinidad de nuestros cuerpos, compartiendo comidas en diferentes ambientes, besándonos en las paradas de colectivo, nos veo nerviosos por una primera cita, charlando de cualquier cosa, buscando caernos bien, tratando de romper la barrera del tacto, nos veo saludándonos por primera vez, iniciando la conversación con algún chiste malo. No nos veo.

Se me va olvidando el esfuerzo que hice para que las opiniones ajenas no me importaran tanto, voy perdiendo el control que tenía de mí misma. Las manos se me empiezan a ennegrecer y descubro que sin darme cuenta hace horas que estoy gritando. En mi cuerpo se van quemando cosas, capas y capas de bocas sobre mi boca, los golpes de un amante rápidamente abandonado, los pellizcos de mis abuelos. Mis piernas se olvidan todas las carreras de la infancia, mis pies pierden recorridos que antes podían hacer sin mi intervención, mi rodilla derecha ya no recuerda su crujido habitual. A mis brazos se les escapan los abrazos dados, mis manos no pueden retener nada de todo lo que una vez agarraron, de todo lo que acariciaron, de todo lo que limpiaron y ensuciaron. Mi corazón queda empotrado sobre el caos y mi pelvis se seca y abandona sus ciclos. Me vuelvo un árbol que pierde todos sus anillos.

El mundo quedó ardiente, explotó en una visión de humo y llamaradas. Pero antes del incendio, fuimos fuego, fuego que viajó por toda la tierra, que caminó sobre el mar, que construyó llamas de cristal y cemento. Nos vamos mientras el aire se olvida cómo ser transparente, mientras las aguas hacen memoria de sus azules.

Yo también grité en las plazas por justicia, y los trabajos también me desvincularon, y tus ojos me dejaron de seguir. Recuerdo el calor sutil del sol, la sensación acuosa de las lágrimas en mi cara, el contoneo de las copas de los árboles, la emoción de conocerte por primera vez, de empezar cosas que no sabía adónde iban a llevarme. Recuerdo la acidez de los limones, cómo se fruncía cada músculo de la cara, las partículas de tiza que quedaban junto al pizarrón y te hacían estornudar, las fechas límites, la sensación de los párpados bajando por mis ojos, el miedo de transitar de noche, los chistes malintencionados que hice, los agradecimientos que no di y las mezquindades que sí. Me suena tu cara, tu espalda, pero se me mezclan con la voz de mi madre, con los olores del puré de manzana. Hace rato que estoy gritando, recuerdo gritar así antes, es lo último que me acuerdo, de haber perdido toda la humedad de mi líquido amniótico, de nacer. ¿Sabremos cómo nacer?

 

 

Final de fiesta

Leticia Gallo

Equipo Tertulia en la sombra

 

Al fin me duermo.

La cabeza se levanta de la almohada por su propio peso y mi cuerpo abandona la cama, dejándola perfectamente cubierta por el plumón. Retrocedo hasta el baño, me paso crema por la cara, que se llena de maquillaje corrido. El dentífrico deja lugar a una sensación pastosa y nauseabunda. Me arrodillo frente al inodoro y el vómito se mete en mi boca, atraviesa la garganta hasta llegar a un estómago revuelto. Tengo arcadas y me siento mucho peor cuando me paro. Apoyada en las paredes, voy de espaldas al cuarto y me cambio el camisón por un vestido negro manchado y con el ruedo descosido.

Bajo la escalera bien agarrada a la baranda. Esquivo restos de comida, botellas vacías y un charco amarronado en la cocina. Me digo: “Mejor limpio mañana”. Saco de la basura un bollo de papel de diario, lo estiro, apoyo vidrios encima y oigo un estallido. Saltan los fragmentos formando una copa en el borde de la mesa. Tambaleando, cuelgo una guirnalda de luces y un cartel roto: “1994-2019: 25 años de egresados”. Me calzo los tacos para sentirme más incómoda e, inspirándome por dónde empezar, paseo por el jardín mirando los restos.

La música empieza a sonar bajita, Mía y Romi se alejan, nos abrazamos. “No, gracias”, les contesto y no reconozco mi voz. “¿Nos quedamos a ayudar?”

Dos muchachos colocan una barra y acomodan desprolijamente unos cuantos vasos con fondos de bebidas de distintos colores. Tomo uno casi vacío y lo llevo a mi boca, de un trago se llena, mi garganta se seca y la bronca se agranda. Me muerdo los labios y cierro los puños. César me da la espalda, dice que no, da algunos rodeos y lo invito a quedarse.

Sube el volumen de la música y algunos cuerpos se balancean en la improvisada pista de baile del jardín. De a poco se llena de gente despeinada y desarreglada, todos cuarentones ávidos por un festejo. La energía se va intensificando, todos gritan, todos se ríen.

Me subo el vestido y César pone su mano en mi cadera, me acerco a su cuerpo, sus besos son muy intensos, cada vez menos. Su piel se entibia y su pantalón se aplana, nuestros labios se rozan como pidiendo permiso. Los cuerpos se separan de a poco y hablamos pavadas, nos escapamos lentamente de ese rincón del jardín para volver al centro de la fiesta. Mientras nos alejamos de la oscuridad, él suelta disimuladamente el abrazo, apuramos el paso y nos mezclamos con el tumulto. Todos saltan con Roxette y un grito de júbilo anticipa su hit Dangerous. Sigue la música de los 90 que recuerda nuestra época de estudiantes y bailamos como si siguiéramos siéndolo.

De a poco lleno un vaso en mi boca y se lo devuelvo al barman, que lo vacía y lo acomoda sobre la barra. César hace lo mismo y nos imitan muchos de los invitados que pululan alrededor, cada vez más moderados y erguidos.

En la mesa de la galería quedan restos de comida y servilletas usadas, que se van limpiando para volver a los servilleteros, los panes regresan a las canastas y los fiambres a las tablas hasta quedar simétricamente acomodados.

Sólo Vale y Tomi bailan en medio del jardín, nos convocan con sus brazos y vuelven a la mesa. Todos conversan alrededor de la comida con una música chill out que suena de fondo. Todos tan bien vestidos, prolijos, serios. Me pregunto si se armará la fiesta...

Me ruborizo. Mis ojos se quedan prendidos a los de César que está del otro lado de la mesa, los despego y hago un paneo por los invitados para chequear que todo esté bien. Con ayuda de Mía y Romi, retiro los vasos, ofrezco bebidas y llevo las tablas de fiambre a la cocina. “Estamos casi todos”, asegura Vale entre abrazos y reencuentros. “Sí”, respondo a Carina y ella me pregunta si vivo sola en esa casa tan grande.

A Mía le pasa lo mismo, me confiesa, y yo le susurro que apenas reconozco a varios de nuestros ex compañeros. Como a César, que nos saluda y se va caminando hacia la calle sin perderme de vista. Mientras se aleja me sorprende lo atractivo que se puso con los años y me vuelve el beso que le negué en Bariloche.

Se va Vale entre gritos de algarabía y quedamos Mía, Romi y yo. “¡Espectacular!” aplaudimos y miramos cómo reluce todo. Descolgamos las guirnaldas, enrollamos el cartel, sacamos el mantel y entramos las sillas.

Son Mía y Romi, cierro la puerta, suena el timbre, subo la escalera al trote, me bajo de los tacos, me despinto los labios y me ato el pelo. Doy una vuelta frente al espejo con el vestido nuevo que ciñe mi figura.

¡Lista para empezar la fiesta! Una nueva oportunidad…

 

 

Fuera del juego

Luciana Rimoldi

Equipo Tostadas

 

Jugamos al truco en la hora libre después de comer. Arriba del pasto, debajo de la palmera. Cada tanto llueve una gata peluda. Me guiñás un ojo. Mi seña parece sonrisa. Tanto, que hasta se me forma el pocito en la mejilla.

La cancha de softball es un cuadrado marcado con cuatro buzos en el medio del parque. Pan y queso entre los capitanes. Te llaman primero. Pasás de un salto al lado de los elegidos. Allá festejan los ingresos. Acá nos achicamos. Cada nombre que no es el mío me grita: a vos no te quiero. Quedamos tres y me llaman. A esta altura nadie festeja. Nos mandan a las posiciones. Me toca ir a la segunda base. El sol está todo junto arriba de mi cabeza. Desde acá no veo bien las caras. Reconozco tu remera roja.

Con las dos manos levantás el bate hasta pasarlo por detrás de tus hombros. Te balanceás un poco. La pelota gira en el aire. Un segundo de tiempo suspendido y el golpe seco de la madera contra el cuero. La carrera. Hasta acá llegan los gritos apagados. No distingo las palabras. Ahora todos me miran. Y te miran a vos que venís corriendo desde la primera base. No pueden ver tu cara deformada por el esfuerzo. Ni tus rulos que vuelan para todas partes. Ni que tenés las manos apretadas. Propulsores.

Si los soltaras frenarías acá, al lado mío. Pero tenés que tocar mi base y seguir hasta completar la vuelta. Distingo mi nombre entre los gritos. Y tu nombre. Estamos juntos en las voces. La pelota te pasa por arriba. Cierro los ojos. Estiro los brazos. La atrapo y te dejo afuera del juego.

Me escondo en el agua para que no me veas. Con la gorra puesta parezco pelada. Nado por abajo con los ojos abiertos. Esquivo piernas y culos y una bomba humana que cae justo delante mío. Apoyo un pie en la escalera. Engancho con un dedo la goma celeste que me comprime la cabeza. Arrastro desde la frente. Me tira. Me duele. Sale. Me sumerjo otra vez. Estiro el cuello y empujo por la nariz para expulsar el aire. El pelo se alarga, el agua trepa desde las puntas hasta la raíz. Al revés que una planta. Repito una, dos, tres veces más. Podría quedarme toda la tarde. Me agarro de los caños y subo de a dos los escalones hasta pisar el borde. Quema. Llego saltando a mi toallón de Snoopy que cuelga en la baranda. Me envuelvo canelón. Estás en el trampolín. Te veo rebotar sobre la tabla. La madera se arquea y te empuja hacia arriba.

Te resistís al salto. Querés subir y bajar un poco más. No te importa que haya fila. Te gusta cómo se ve desde ahí. La mirada lejos de tus piernas que empujan hacia abajo, los pies agarrados. Los muslos se hinchan hasta que la piel toca el borde del short.

Después se estiran, las piernas se alargan, la piel se despega de la tela, los pies dejan la madera. Ahora sos Superman volando en picada hasta que tus dedos rompen la superficie del agua. Y desaparecés.

Sostengo el toallón con una mano y con la otra tironeo de la malla mojada hasta que sale. Una mujer en tetas se pone desodorante. Me doy vuelta para no mirarla.

Arrastro la bombacha por mis piernas húmedas. La tela se enrosca y llega a la cadera hecha un nudo. Termino de vestirme. La remera me raspa los hombros quemados.

Recién ahí deshago el canelón. Guardo las cosas en el bolso. Limpio con la mano el espejo empañado. El vapor huele a shampoo de sobrecito y a desinfectante. Me miro los cachetes, fucsia por el sol, los ojos irritados por el cloro. El cepillo se abre paso por el pelo mojado. Desenreda a la fuerza. A los tirones. A los gritos.

Comemos un alfajor antes de subirnos al micro. Arriba del pasto, debajo de la palmera. Ahora no llueven gatas peludas.

Voy en el asiento largo del fondo. Juego con las chicas a las cartas de frutillitas.

Vos a las de aviones. Te bajás en Belgrano. Yo sigo hasta Plaza Italia. Vos mañana te vas Brasil. Yo a Villa Gesell. El año que viene ya no voy a ir a la colonia.

 

 

 TEXTOS FINALISTAS CATEGORÍA HASTA 18 AÑOS

 

 Castaño

Equipo: Creadores de utopías

Autora: Guadalupe Rempel

 

Ojos verdes, medio achinados. Pelo castaño, suave. Lo pude comprobar un par de veces, aquellas veladas en que nos quedábamos despiertos hasta tarde, escuchando reggaetón cuando la noche era joven, y terminando el encuentro al amanecer tirados en el suelo, al son de Careless Whisper y riendo de tus ridículos bailes sensuales. Obnubilados por el alcohol. Tan atontados, que solo ahí me dejabas acariciarte el pelo. En frente de todos, en frente del mundo. Ahí, el alcohol en mi cabeza parecía descender, como cayendo de una montaña rusa, y me depositaba en tierra para disfrutar del momento a conciencia: estaba tocando tu pelo, con la excusa de la borrachera, sin que pareciera sospechoso. Tenía que disfrutarlo, porque cuando todos estuviésemos sobrios, ¿no sería un poco raro tocarte el pelo?

Los días pasan y te miro de cerca, pero de lejos. Pasan las semanas, los meses, ¿pasaron años? Ya olvidé cómo es que terminé ahí, tan adentro de tus ojos. ¿Cuándo me llamó la atención que se parecieran al color de las hojas? ¿Cuándo dejó de ser tu boca una parte más de tu rostro, y se convirtió en un punto llamativo para mi mirada? ¿Cuál fue la noche de borrachera en la cual, sin darme cuenta casi, estiré por primera vez la mano para acariciarte el pelo en un gesto que pretendía ser tonto, y noté que ese simple contacto me gustaba?

Tu risa fácil, tu inocencia, tu amabilidad, tu paciencia. Caer bien a todos, pero pasar desapercibido. Remeras grises de manga corta y bermudas de tela; las de jean te parecen incómodas. Te vestías todos los días igual y te decíamos que eras como los dibujitos animados, que siempre repiten ropa. Vos te reías de la misma forma ante el mismo comentario; y mi corazón se derretía de la misma forma ante la misma risa. No, se prendía fuego como una vela. Como el carbón para el asado. Como un bosque de árboles secos donde cae una colilla. Como un corazón que se muere por expandir su fuego, pero que debe guardarlo dentro suyo y, sin darse cuenta, empieza a quemarse a sí mismo.

Sos la razón por la que empecé a escribir. Descubrí que la lapicera y el papel son útiles para liberar parte de las llamas, pero no son suficiente. Y la vez que caíste a la casa con dos cervezas frías en tu mano izquierda, y la mano de una chica rubia entre tus dedos de la derecha, ¿te acordás que me excusé para volver a la mía y dije que no me sentía bien? Ni todas las velas, ni todo el carbón, ni todos los árboles secos, ni todo el papel del mundo habrían sido suficientes para consumir el fuego que me consumía a mí. Echaba alcohol sobre las brasas a propósito, repitiendo la escena en mi cabeza: timbre, alguien abriendo la puerta, mi cuello girando para verte entrar, mi sonrisa congelándose a mitad de camino. Fría como las bebidas en tu mano. Tal vez así, quemando el combustible en mi memoria, el fuego se acabara de una vez por todas. Qué equivocación la mía; como si apagar el incendio que creaste (que creé) fuera tan fácil como soplar una vela.

Esa noche no me permití soñar, soñarte, soñarnos, como hacía siempre. Me dije que tenía que mantener la mente fría y dejarme de pelotudeces. En parte, lo logré. En parte.

Ahora no estoy cerca ni físicamente. Antes, podía verte tarde de por medio, andando en bici, charlando con amigos, haciendo deporte en el club o tomando mates en la vereda. ¿Cómo sigue todo ahí? ¿Se junta la barra a tomar cerveza todos los segundos sábados del mes? ¿Aún te gusta bailar Careless Whisper de forma ridículamente sensual? ¿Te dejás el pelo por los hombros, o te lo cortaste como todos los pibes? Por acá todo bien. La ciudad es un mejor lugar para mí, creo. Vivo, como y estudio solo. Pero el aire es diferente, más liviano, más libre. Todavía no entiendo a la gente que dice que el ambiente de pueblo le gusta más, para mí fue una tortura toda mi vida. En la ciudad no tengo que esconderme, no hace falta tragarme las palabras, no es necesario pretender y usar máscaras.

En la ciudad, no finjo estar borracho para tocarle el pelo a nadie. En la ciudad, no tengo miedo de hacer eso frente a la gente. En la ciudad, doy las bocanadas de aire que el pueblo me prohibió respirar durante tantos años. Pero aunque haga todo eso, porque se siente bien ser libre, no estoy tan completo.

No quiero tocarle el pelo a nadie, el único castaño que me parece suave es el tuyo. Y está a cien kilómetros de acá, tomando cervezas con los que se quedaron, compartiendo una noche con sus amigos e invitando, cada tanto, a alguna que otra chica a salir con él.

 

 

La familia no se elige

Autora: Dalila Nazira Ojeda

Equipo Bibliófilos

 

Dora vivía con nosotras desde que su esposo murió, hace más o menos cinco años. A pesar de que yo estaba  la mayor cantidad del tiempo fuera de casa, a la noche, cuando llegaba, rogaba con que ella estuviera encerrada en su pieza para no saludarla y que me pregunte: “¿Cómo te está yendo en la escuela?” “¿Qué hiciste hoy a parte de andar paveando con tus clases de danza?” Ella sabía que me iba mal en el colegio y que siempre aprobaba raspando porque yo era muy vaga. Dora, en vez de ofrecerme ayuda, se encargaba de resaltar mis errores.

Mi vieja trabajaba todo el dia y lo único que me pedía era que no discutiera con Dora, que era una señora mayor, que no le hiciera caso. Mis hermanas se habían ido hace tiempo, así que mi mamá era mi única compañera. Entre las dos tratábamos de hacer la insoportable convivencia con mi abuela un poco más liviana. 

Ella estaba jubilada, se la pasaba de lunes a domingos encerrada, divagando por las habitaciones, buscando a quién molestar o de qué quejarse. No tenía amigas y nunca mostraba afecto por nadie, ni siquiera por su hija. Desde que quedó viuda, sólo se preocupaba por su gato Apu. Vivía leyendo revistas que enseñaban a hacer manualidades con porcelana; viendo documentales de todo tipo o tocando el piano.

Los fines de semana, cuando yo no estudiaba y mi vieja tenía franco teníamos que hacer lo que mi abuela quería, ya que a pesar de que ella vivía con nosotras hace algunos años, la casa nunca dejó de estar a su nombre. Era una mujer imponente que pisaba fuerte, su mirada me incomodaba y me hacía sentir que me estaba juzgando, su voz era tan severa que me ponía la piel de gallina oírla cuando estaba enojada. A veces me la encontraba en el patio o en la cocina mientras se preparaba un café, siempre que me la cruzaba evitaba hacer contacto visual con ella y si me hablaba decirle lo que ella quería escuchar.

Mi abuela jamás estuvo de acuerdo con el modo en que mi mamá nos crió a mis hermanas y a mí. Decía que nos daba demasiada libertad, que la vida de todas era un desastre: ninguna tenía pareja y éramos todas artistas. Tenía la mentalidad de una señora del siglo veinte. Hasta llegó a decirle a su propia hija que cómo pudo dejar ir al padre de sus nietas, sabiendo que en repetidas ocasiones las discusiones entre mis viejos habían terminado en golpes. Pero con la que más confrontó fue conmigo. Yo fuí la más rebelde y también la que más se manejaba sola. Cuando mis hermanas eran más chicas y decían algo que a ella no le gustaba, Dora lo resolvía dándoles una cachetada en la boca y se acabó. Yo, por el contrario, nunca dejé que me tocara un solo pelo, y eso también gracias a mi mamá, que aprendió a decirle que no lo haga porque esos no eran sus modos. 

Mi abuela odiaba lo que hacían hoy en día los chicos de mi edad, incluyéndome. No le gustaba que tomara alcohol y que varios fines de semana salga de joda con mis amigos. “Un dia de estos tu hija va llegar con un crío en brazos” protestaba. Sus palabras eran como pinchazos de agujas. Si bien no sentía afecto por ella, muchas veces me lastimaba con sus palabras llenas de odio. Sus pensamientos estaban podridos por el rosario que le colgaba del cuello y la biblia que se encontraba sobre su mesita de luz. Criticaba mi forma de vestir, que usara labial rojo con diecisiete años y que volviera de la calle a cualquier hora. Tanto le molestaba que incontables veces me dejó durmiendo afuera porque “era su casa y no podía ir y venir cuando yo quisiera”. 

La convivencia se había vuelto insostenible no dejándonos otra opción. A pesar de lo duro que fueron estos últimos años, con mi vieja pudimos salir adelante, juntas. Le dolió mucho despedirse de su propia madre, a veces siento un poco de culpa. Sin embargo sabemos que está mucho mejor allá arriba. Cada tanto, escucho sus pasos o alucino que la veo en su pieza leyendo revistas, pero me repito a mí misma que eso es imposible. A la noche, de vez en cuando, escucho quejidos y llantos que me impiden dormir. Así que me dirijo al cuarto de mi mamá, me acuesto al lado de ella y le digo “Otra vez está intentando escapar del ático”.

 

 

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